Crónica de un escombro en La Tata

Hermano, yo no sé cómo acabé aquí otra vez. No sé si fue el último chupito de Jäger, el cubata que no debía o el aire de la ciudad, que me lleva como un perro sin amo por las mismas calles de siempre. Pero aquí estoy, otra mañana más, en La Tata, con los ojos como dos luceros y la cara de alguien que lleva días sin ver una almohada.

Dentro huele a todo lo que no deberías mezclar: sudor, tabaco, alcohol revenido y el perfume barato de alguien que se perdió entre las sombras. Hay peña pegada a la barra como si los taburetes fuesen botes salvavidas, gente que bebe sin sed y fuma sin ganas, porque el cuerpo ya va en piloto automático. Afuera, el sol nos señala con su dedo acusador.

Los niños van al cole con sus mochilas cargadas de sueños y galletas María, mientras nosotros salimos oliendo a despojo, con las pupilas dilatadas y el alma más vacía que el bolsillo. Una abuela nos mira de reojo, con esa mezcla de lástima y desprecio, como si fuésemos perros sin dueño. Y lo somos.

Aquí todos sabemos lo mismo: la casa está ahí, a cuatro calles, pero esas calles pesan como una condena. Y La Tata es el último puerto antes de naufragar en la mierda de cada uno. Inés, la dueña, nos vigila como una carcelera de buen corazón. Te deja estar, pero sí la lías, puerta. No hay margen para la tontería. Gritar está prohibido, pelearse es un billete directo a la calle y si no puedes ni con tu sombra, mejor que no cruces la puerta.

Pero no siempre se cumple. A veces, entre nosotros y los del bar de enfrente, se monta la de Dios. Basta con que alguno empiece a hablar con su amigo invisible o que a otro le dé por tener la piel más sensible que Dios. Y ahí ya está el pollo montado. Empiezan los gritos, las amenazas, las sillas que chirrían contra el suelo, y, si la cosa se calienta, alguna navaja reluce en la mano equivocada. No siempre para usarla, a veces solo para marcar territorio, para que el otro sepa que, si hay que bailar, se baila.

Y entonces, tarde o temprano, aparece la pasma. A veces la local, otras la nacional. Vienen en patrullas, dos, tres, cuatro coches. Nos miran, nos cachean, nos revisan. Como si no supieran ya lo que van a encontrar: nada, porque lo poco que llevábamos ya nos lo hemos metido. Se nos nota en la cara, en los ojos que se lo comen todo, en las mandíbulas moviéndose más que la torre en un día de tormenta. Nos merecemos la visita, claro que sí. Cualquiera que nos vea se aparta de nosotros. No somos gente, somos sombras mal dibujadas en la acera.

Los vecinos nos esquivan como si fuésemos perros rabiosos, como si al mirarnos fuesen a contagiarse de la mierda que llevamos encima. Caminan rápido, con el miedo en la cara y la vergüenza en los ojos, como si estuvieran viendo zombis en plena calle, como si la ciudad se partiera en dos: los que viven y los que sobreviven.

Y así, mientras los padres llevan a sus hijos al colegio y los obreros van camino de la faena, yo me enciendo otro cigarro, miro el vaso medio vacío y me pregunto si hoy, por fin, tendré bemoles para volver a casa. O si acabaré aquí mañana otra vez, oliendo a derrota y con la cabeza reventada, viendo cómo el mundo sigue girando sin nosotros.

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