Naïfs en el poder: la urgencia de una nueva forma de gobernar en democracia. Por Miguel Abreu

Vivimos tiempos de gran ingenuidad en el poder. Hay una explícita desconexión entre quienes gobiernan y quienes son gobernados. Muchos de los que asumen cargos de Estado parecen desconocer la realidad concreta del país que gobiernan. Rodeados de asesores que nunca han salido de la incubadora partidaria, se convierten en rehenes de un pensamiento cerrado, desprovisto de la autenticidad que solo la vida real proporciona. Viven en una burbuja. Así, deciden, hablan y actúan sin comprender el impacto de sus medidas en el día a día de las personas comunes. ¿El resultado? Políticas distantes, discursos vacíos y un gobierno que solo sirve a un círculo restringido, muchas veces ajeno a las verdaderas necesidades de la sociedad. El resultado son decisiones tomadas con base en cálculos políticos, informes técnicos o conveniencias partidarias, sin una comprensión auténtica de la vida cotidiana de las personas.

En un tiempo de grandes desafíos y creciente radicalización de las posiciones políticas, es urgente innovar en la forma de gobernar. ¿Por qué no crear consejos consultivos formados por ciudadanos comunes? No como meros adornos institucionales, sino como una voz real de la sociedad dentro del propio gobierno. Al fin y al cabo, no se gobierna un país solo para un círculo restringido de élites o tecnócratas, sino para todos los ciudadanos, con sus diversas realidades. Tener voces representativas de diferentes sectores de la vida real —obreros, profesores, pequeños empresarios, agricultores, jóvenes desempleados— permitiría un contacto directo con la realidad. Además de humanizar la política, ayudaría a evitar errores gruesos y la toma de medidas desajustadas a la vida real. Por ejemplo, escuchar al obrero que enfrenta trenes sobrecargados, huelgas constantes y retrasos que comprometen su vida profesional y personal. El enfermero exhausto que, en un turno de 12 horas, ve a pacientes desmejorados en pasillos abarrotados, en un hospital sin recursos. El pequeño empresario que cierra el mes sin saber si podrá pagar los sueldos porque los impuestos aplastan su negocio. El profesor que ve a estudiantes desmotivados, familias ausentes y un sistema educativo cada vez más incapaz de formar ciudadanos críticos. Gente real, con experiencias reales, capaz de aportar al poder una visión auténtica del país. Sería un gesto de humildad e inteligencia por parte de los gobernantes: escuchar a los verdaderos destinatarios de sus decisiones: el pueblo. Estaríamos cuidando el bien común.

Más que una estrategia de acercamiento al pueblo, esta sería una verdadera innovación en la forma de hacer política, para algunos, quizá considerada revolucionaria. Un modelo de gobernanza que rompe con la alienación tradicional de los gobernantes y responde con inteligencia a la crisis de representatividad. Un modelo que no teme la transparencia y que reemplaza la demagogia por el compromiso con la realidad. Sería el regreso a la esencia de la democracia: un gobierno que no se cierra en despachos o coches blindados, sino que siente el pulso de la nación. La política dejaría de ser vista como un juego distante, donde las decisiones las toman «otros», y pasaría a ser un espacio de verdadera participación ciudadana. Y quizás, solo quizás, dejaríamos de ver a políticos cometiendo errores básicos que solo exponen su desconexión con la realidad. En el fondo, sería una forma de revitalizar la democracia y devolverle su sentido original: gobierno del pueblo, para el pueblo y con el pueblo. Necesitamos coraje para innovar, osadía para acercar la política a las personas y humildad para admitir que nadie gobierna solo. Más que nunca, necesitamos líderes que sepan escuchar, que comprendan que el poder no es un privilegio, sino un servicio. ¿Tenemos coraje?

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