Desde el principio, este Mundial se presentó como un sueño febril. Como aquellos en los que uno camina descalzo por un cementerio en la noche, sin saber si los susurros que oye provienen del viento o de los muertos que, inquietos, giran en sus tumbas.
Nos presentamos con Portugal, de la mano, como dos novios inocentes en la antesala del desastre. Luego añadimos a Ucrania, no por convicción sino por compasión. Un gesto noble, quizás, pero tan frágil como una rosa marchita sobre una lápida olvidada. Más tarde, decidimos cambiar la piedad por la conveniencia y nos dimos a Marruecos, como quien cambia una promesa por un espejismo. ¿Y después? Tres partidos en Sudamérica, porque a este aquelarre de decisiones absurdas sólo le faltaban los rituales transoceánicos. La coherencia, mientras tanto, yace muerta en alguna fosa común de la diplomacia deportiva.
Nos quieren quitar la final. Claro. Como si alguien que ha renunciado al timón pudiera quejarse de que el barco se hunda. Rafael Louzán, en su papel de médium de lo imposible, asegura que una sede que no estaba va a estar. Como si pudiera resucitar ciudades del olvido, como si su palabra tuviera el poder de alterar la realidad. Y ahora, el enésimo acto del esperpento: Balaídos, ese estadio viejo, ajado por el tiempo y el desdén, convertido de repente en epicentro del caos. El lío de Balaídos ya no es solo urbanístico. Es simbólico. Es el retrato de esta tragicomedia que nos define: la incapacidad de construir ni siquiera un decorado digno para la farsa que queremos representar.
Todo esto sería grotesco si no fuese, sobre todo, lúgubre. Un Mundial que empezó con promesas se ha convertido en un laberinto de sombras, en un desfile de espectros que se disputan las migajas de un cadáver aún caliente. No hay dirección, no hay orgullo, no hay sentido. Solo un eco persistente que resuena en los pasillos del absurdo. En Vigo salta Caballero pidiendo respuestas a Rafale Louzan porque le han «birlado» el Mundial y en A Coruña, envía el RC Deportivo a negociar con el Gobierno Municipal a personas de bajo perfil decisorio. El esperpento continúa, Juan Carlos Escotet mandan recaditos «off de record» a Inés Rey y de fondo, la charanga del Mundial 2030. ¡Manda carallo!
Ridículo. Una y otra vez: Ridículo. Y por eso, quizás, lo mejor que puede pasarnos es que nos lo quiten. Que nos dejen fuera. Que alguien, desde algún despacho más serio, más frío y más cuerdo, diga basta. Porque lo hemos hecho mal, y tan rematadamente mal, que ya no merecemos el premio. Solo la sombra de lo que pudo ser. Y el olvido.