María Jesús Montero no es solo una ministra. Es el vómito institucionalizado de un gobierno podrido hasta el tuétano. Una altavoz de cloaca, una ventrílocua del rencor con cargo público y chofer oficial. Lo suyo no es incompetencia: lo suyo es veneno en vena, bilis en dosis letales administradas desde la tribuna. Tiene el discurso de una inquisidora de plató, la lucidez de un ficus y el alma de una apisonadora sin freno. Habla como escupe una víbora, con desprecio, con arrogancia, con la soberbia de quien nunca ha entendido que el poder es servicio, no circo ni ajusticiamiento.
Lo que ha hecho con la presunción de inocencia es de una bajeza repugnante. No se trata solo de ignorancia jurídica —que la tiene a paladas—, sino de sadismo político. Ha dicho, con la chulería del que se cree impune, que la presunción de inocencia molesta. Que le estorba. Que es una “vergüenza” que la justicia absuelva a alguien si no hay pruebas. Lo ha dicho en un mitin, entre aplausos de fanáticos y sonrisas de ignorantes. Ha dicho, sin pestañear, que basta el relato, que el testimonio sustituye al juicio, que el señalamiento vale más que la ley.
María Jesús Montero no quiere justicia: quiere linchamientos con megáfono. Quiere dictar sentencias desde la tarima, a dedo, sin pruebas, sin defensa, sin jueces. Lo que propone esta señora tiene nombre: barbarie. Estado policial. Totalitarismo emocional. Una dictadura de la consigna, donde el acusado se jode por si acaso, donde ser señalado ya es ser culpable. A eso ha llegado esta ministra: a mear sobre la Constitución y exigir que le aplaudan por ello.
Y no contenta con escupir sobre el derecho, también ha vomitado su desprecio sobre miles de estudiantes, tachando a las universidades privadas de “amenaza para la clase trabajadora”, como si fueran centros de lavado de cerebros de la derecha o fábricas de títulos falsos. ¿De verdad? ¿Una señora que vive en un palacio de privilegios, que cobra un sueldazo por hundir el país, que jamás ha pagado una matrícula ni ha peleado por una beca, tiene la desvergüenza de insultar a quien se paga sus estudios currando como un perro?
¿Sabe lo que es una amenaza, ministra? Usted. Usted es una amenaza a la verdad, al mérito, a la ley, al respeto. Usted es una parodia de sí misma, una estampa grotesca de lo que nunca debería representar una mujer en el poder. No por ser mujer, sino por ser mediocre, mentirosa, demagoga, peligrosa. Una mezcla explosiva de sectarismo y resentimiento con tacones. Una figura corrosiva que confunde feminismo con revancha, política con histeria, justicia con ideología.
María Jesús Montero no quiere igualdad: quiere revancha. No quiere equidad: quiere poder absoluto. No quiere mejorar nada: quiere arrasarlo todo, desde las universidades hasta los tribunales. Es un cáncer en el sistema, un tumor que no deja de crecer mientras los suyos callan, cómplices, cobardes, sabiendo que abrir la boca es firmar el despido. Pero esto ya no va de partidos ni de ideologías: va de salud democrática. Y esta señora es gangrena.
Lo peor es que no dimite. No se calla. No se esconde. Se crece. Sale cada día a repartir estiércol ideológico como quien riega flores. Con sonrisa de muñeca rota. Con la autosatisfacción de quien cree que destrozar un país es gobernarlo. Pero no hay maquillaje que tape tanta podredumbre. Ni discurso que oculte tanta miseria moral.
La historia, cuando pase esta pesadilla, no recordará a María Jesús Montero por lo que construyó. La recordará por lo que rompió, por lo que ensució, por lo que pisoteó. Y quedará en los libros, si queda algo, como lo que es: la ministra que le escupió en la cara a la democracia y pidió un aplauso por ello.