@jsuarez02111977
Si pudiera volver al pasado, no sería para arreglar errores ni cambiar decisiones. Qué va. Si pudiera volver, lo haría solo para entrar una vez más en aquel videoclub de barrio al que iba de crío. Aquel que olía a plástico, a moqueta vieja y a cinta magnética. El que tenía las luces mortecinas y las estanterías repletas de carátulas que parecían diseñadas por un primo de Frazetta hasta para una comedia romántica.
Recuerdo perfectamente la sensación. Salir de casa con la chaqueta de entretiempo, las monedas en el bolsillo y una misión: encontrar la película que salvaría el fin de semana. Porque alquilar una cinta no era elegir una peli, no. Era una jodida expedición. Una cruzada. Había que buscar, comparar, discutir, y sobre todo, arriesgar. Porque si fallabas, si elegías mal, te comías el mojón durante dos días. Y si acertabas, te convertías en el héroe de la familia o del grupo de colegas.
Me sabía de memoria cada rincón del videoclub. Al fondo estaban las de terror —prohibidas, claro, pero no por eso menos deseadas—. A la derecha las de acción, con Stallone y Van Damme sudando aceite de coche en las portadas. A la izquierda, las de “cine familiar”, que era como decir “las que no molaban pero tus padres toleraban”. En el mostrador, siempre había un tipo con gafas, coleta y camiseta de una peli rara. Ese era el oráculo. El que sabía si Los Goonies estaba alquilada. El que te decía: “Esta es buena, no te fíes de la portada”.
Yo iba solo a veces, pero lo mejor era ir con colegas. Era una ceremonia. Caminábamos juntos, hacíamos cola, debatíamos como ministros. “¿Esta la viste?”, “Dicen que es un tostón”, “Esa tiene tetas, fijo”. Porque también era eso: adolescencia, descubrimiento, tontería. El cine era la excusa, pero en el fondo se trataba de estar juntos, de vivir algo.
Y cuando al fin la tenías en la mano, esa cinta con su funda gruesa y su pegatina del videoclub en el lomo, sentías que habías ganado algo. Como si hubieses cazado un jabalí. El viaje de vuelta era en silencio, como se vuelve del templo. Y ya en casa, el ritual seguía: rebobinarla si no lo había hecho el anterior, poner las palomitas en la sartén, bajar la luz y sentarse. El sofá familiar era la platea. La televisión, nuestro Capitolio. Y durante dos horas, no existía nada más.
Había veces que se cortaba la imagen, o que salían rayas, o que se atascaba el vídeo. Pero daba igual. La veías igual. Porque esa película era tuya. Porque la habías buscado, encontrado y traído a casa. Porque había un esfuerzo detrás. Hoy todo te lo da un algoritmo. Ni siquiera decides tú. Te lo escupe la pantalla. Ves veinte minutos, cambias. Todo es desechable. Inmediato. Sin alma.
Echo de menos esa época. Echo de menos esa versión de mí mismo que se emocionaba por conseguir una cinta de Los Intocables o Karate Kid . Echo de menos a mi padre durmiéndose a la media hora, a mi madre preguntando si esa “no la habíamos visto ya”, a mi hermano pequeño flipando con los efectos especiales cutres. Echo de menos, en resumen, el cine como acto social. Como excusa para estar juntos. Como ceremonia doméstica.
Así que sí, si pudiera subirme a un DeLorean y elegir una fecha, no me iría ni a Roma ni a París. Me plantaría en 1992, en la esquina de mi barrio, justo delante del videoclub. Entraría, recorrería pasillo por pasillo, cogería al azar una cinta de aventuras con una portada absurda, y me la llevaría a casa con una sonrisa imbécil en la cara. Porque sabría que esa noche, en mi salón, con mis viejos y mis hermanos, todo volvería a tener sentido. Aunque fuera por un par de horas. Aunque luego hubiera que rebobinar.