Pedro Sánchez, dragón. Por Naty Carracedo

Hay que tener tragaderas para aguantar al Partido Popular. De verdad. Un día, sí y otro también, suelta una gilipollez nueva y se queda tan pancho. La última es para enmarcarla: criticar el viaje de Pedro Sánchez a China como si el presidente se hubiese ido de vacaciones a Disneylandia y no a verse con una de las potencias más grandes del planeta.

Vamos a ver si nos enteramos de una santa vez. China no es un chiringuito, es el músculo industrial del mundo, el futuro de muchas economías europeas y el tablero en el que se juega la partida real, mientras aquí algunos siguen jugando a la oca. El PP, en su burbuja de berrinche perpetuo, parece no entender que estamos en un mundo donde el que no se mueve, se queda sin silla. Y Sánchez, por mucho que les moleste, se ha movido.

Mientras Estados Unidos vuelve a despeñarse cuesta abajo sin frenos, con un Trump desquiciado sentado en el Despacho Oval y cada día más cerca de convertirse en una amenaza global, Europa necesita levantar la cabeza y sacudirse el complejo de criada. Llevamos décadas lamiendo las botas del Tío Sam, tragando guerras que no son nuestras, crisis financieras exportadas y doctrinas de humo. Ya está bien.

China no es perfecta, ni democrática al gusto occidental, pero tampoco es idiota. Tiene dinero, influencia, recursos y una agenda muy clara. Europa necesita abrir vías, negociar, mirar más allá del Atlántico y dejar de comportarse como el perrito faldero del imperio. Y Sánchez, con este viaje, ha demostrado tener más visión que toda la bancada azul junta, que se pasa el día llorando, enredando y tirando mierda como quien reparte papel higiénico en una ventolera.

¿O acaso preferimos seguir esperando la próxima locura del presidente del peluquín mientras nos convertimos en espectadores de nuestro propio declive?

El viaje de Sánchez a China es un acto de política seria, de posicionamiento, de decir: “Europa existe, no es un títere, y España tampoco”. Aunque el Partido Socialista arrastre también su propia sombra, sus propias vergüenzas, su podredumbre en algunos despachos y su hipocresía de doble cara, esta vez han hecho lo que había que hacer. Esta vez, aunque solo sea por una vez, toca aplaudir. Sin matices. Sin reservas. Con dos bien apretados en el escroto,

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