Hacienda somos todos. Por Jesús Suárez


@jsuarez02111977

Qué país, señores. Qué puta maravilla de país.

España, esa patria entrañable donde el Estado no sabe si tiene ministros imputados o imputados con despacho, pero eso sí, ha puesto la lupa en el verdadero problema estructural de la nación: el bizum de papá.
Ya lo dicen los grandes pensadores de Hacienda: detrás de cada hijo que recibe 30 euros para sobrevivir hay un narcotraficante emocional. Una red de blanqueo de amor paterno. Una trama de afecto sin cotizar.

La solución es clara: cada vez que su hijo le pida dinero, usted hágale una factura. Con su IVA, su retención del IRPF y su correspondiente modelo 347 trimestral. El chaval quiere cenar caliente, pues que pase por caja como Dios manda. Porque en este país, el afecto no se regala: se declara.

Y no se preocupe si no tiene empresa. Usted funda una. “Padres SL”. Objeto social: salvarle el culo a los hijos hasta que consigan trabajo o plaza en el Senado. Domicilio fiscal: su nevera.

¿Qué quiere ayudar a su hija con la entrada del piso?
Fácil: conviértalo en un préstamo a interés variable referenciado al Euríbor. Le hace firmar un contrato ante notario y le cobra un diferencial del 3,5 %. Así, cuando venga el inspector, usted le enseña el Excel y dice: “Aquí no se quiere, aquí se cobra.”

¿Qué le envía bizums mensuales al chaval que estudia fuera?
Muy sencillo: usted no le está dando dinero. Le está pagando una beca. Monte una fundación. Llámela “Fundación Mi Niño Tiene Hambre” y métalo todo bajo el paraguas de la filantropía privada. Ya lo hacen otros. Pero con yates.

¿Qué su madre le da dinero para llenar la nevera?
Fácil también: declare que su madre es su inversora. Usted es un “emprendedor de la cesta de la compra”. Va al supermercado, revende latas de atún en Wallapop y le da retorno a la inversora en especie: garbanzos.

¿Qué quiere hacer las cosas bien?
No sea imbécil. Aprenda de los que saben. No declare nada. Métase en política. Sea asesor. O mejor aún: conviértase en hijo de alguien con poder. Porque en España, el delito no es hacer trampas. El delito es no tener enchufe.

Y ojo, que esto es solo el principio. Esperen a que Hacienda empiece a fiscalizar los abrazos. Cada muestra de cariño no autorizada podrá considerarse una transferencia emocional no declarada. El amor, ese capital afectivo de riesgo, empieza a cotizar. Si usted dice “te quiero” dos veces al mes, será sospechoso de evasión sentimental.

Así que ya sabe: guarde los recibos del cariño, declare los abrazos en especie, y si tiene un poco de dignidad fiscal, empiece a odiar a su familia. Es lo único que no tributa.

Mientras tanto, los verdaderos defraudadores —los que lavan dinero en Andorra, los que tienen sociedades en Luxemburgo, los que cobran en sobres o facturan en nombre de una cabra montesa— esos siguen brindando con champán. Porque Hacienda, en realidad, solo somos todos los gilipollas que no podemos permitirnos un buen abogado.

Y cuando vayan a multarle por enviarle un bizum a su hijo de 25 euros, no se indigne. Sonría. Y respóndales con la frase más fiscalmente correcta del castellano contemporáneo:
“¿Con IVA o sin IVA, señor inspector?”

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