“Tenemos la responsabilidad compartida de evitar que esta crisis dé cancha a la ultraderecha”, dice Carles Francino desde su púlpito en La Ventana. Con ese tono afectado de maestro sensato, de sabio sereno, de izquierdista domesticado por los pasillos de la SER, pretende hacernos comulgar con la rueda de molino de siempre. El truco es viejo: señalar al coco mientras se encubre al monstruo que le da de comer. “La ultraderecha”, repite como un rezo. Pero, ¿quién ha encendido la mecha? ¿Quién ha llenado el país de gasolina moral?
Mire, Francino: no se combate el veneno con más ponzoña. Porque esto no va de derechas o izquierdas. Esto va de carroña. De un sistema donde todos, absolutamente todos, son parte del mismo estiércol institucional. No se salva ni uno.
Ni el Partido Popular, mediocre, pusilánime, incapaz de plantar cara a nada que no huela a plató. Ni Vox, gritón, hueco, nostálgico de una España que nunca existió. Sumar, mucho lirili pero poco lerele. Ni por supuesto el Partido Socialista, convertido en el cortijo privado de Pedro Sánchez, un tipo que ya no gobierna, sino que reparte favores como si el país fuera una loncha de jamón ibérico.
Pero peor aún son los que, sin gobernar, lo sostienen. Los que siguen apoyándolo aunque tengan cadáveres bajo las alfombras. Los que chupan del Estado como garrapatas con traje, aunque haya corrupción, aunque haya audios, aunque haya cloacas. Porque les da igual. Les da absolutamente igual. Lo único que quieren es seguir mamando de Pedro Sánchez y de todo lo que les permite: subvenciones, cuotas, cuotas de poder, cuotas de silencio.
Y ahora quieren que traguemos con esta patraña de que hay que proteger la democracia del ascenso de la ultraderecha. ¿Proteger la democracia? ¿Cuál? ¿La suya, la de los pactos bajo cuerda, la de las mayorías prestadas, la de los fiscales que afilan la toga según convenga? No les interesa proteger la democracia. Les interesa proteger sus poltronas. Les aterra ir a elecciones. Les aterra el pueblo. No saben qué puede salir. Y a lo mejor, por una vez, el pueblo les devuelve la mirada y les vomita encima.
Ojalá no saliese nada.
Ojalá nadie votara.
Ojalá el pueblo entendiera de una vez que no hay salvación en las urnas, que este sistema está podrido hasta los cimientos y que no se regenera con votos sino con fuego.
Ojalá los ciudadanos tomaran las Cortes, no para poner a otros, sino para barrer a todos. Para señalar con el dedo a la miseria, para romper el teatro, para dejar claro que ya no nos vale este circo político donde todos son payasos de la misma troupe, donde cada medio de comunicación se convierte en portavoz de su amo, y donde los periodistas como Francino no informan: rezan plegarias en nombre del régimen.
Ya no hay derecha ni izquierda.
Solo hay carroña. Y nosotros, los ciudadanos, rodeados de ella.