@jsuarez02111977
Verano del 86. Agosto en A Coruña. La ciudad late con la modorra del salitre y las terrazas, hasta que en algún despacho de María Pita alguien —por una vez con alma— se atreve a proponerlo: un festival. De verdad. De los de guitarra al cuello y grito en el pecho. Que no fuera una verbena, ni un simulacro. Que sirviese para dar voz a los grupos de aquí, a esos chavales que ensayaban en garajes y soñaban con un escenario. Que viniera gente de fuera. Que se supiese que en el extremo del mapa, junto al mar, también se tocaba rock. Así nació el Noroeste Pop Rock.
La idea era celebrarlo en Adormideras, a cielo abierto, con la Torre cerca y la ciudad entera de fondo. Pero Galicia tiene estas cosas: la lluvia descargó con saña la víspera. Los técnicos empapados, los cables rezumando agua. Decidieron moverlo todo al Pabellón de Riazor. Contra reloj. Sin épica, sin Twitter, sin luces de colores. Solo con fe.
Y la fe se vio recompensada. El 23 de agosto, más de 30.000 personas cruzaron las puertas del pabellón, entrando y saliendo a su antojo, llenando aquel cubo de hormigón de una electricidad irrepetible. Homo Hábilis, Viuda Gómez e Hijos, Método Sueco. Luego Peor Imposible, Desperados. Después, Destellos de Pasión. Y tras ellos, lo gordo: Glutamato Yeyé, La Mode, Mermelada, Burning, Objetivo Birmania, Siniestro Total, Os Resentidos… y para cerrar, Dramáticos y Radio Océano. Los micros chirriaban, los bafles escupían fuego. TVE y la TVG grababan. Las radios lo narraban. El Ayuntamiento no daba crédito: había nacido algo grande.
En 1987 repitieron, aún en el pabellón. Esta vez con entrada simbólica: 400 pesetas. Cinco grupos locales. Seis nacionales. Volvía Siniestro. Y debutaban Los Ronaldos, que luego recordarían aquel día como “el primer concierto ante masas”. La fórmula funcionaba. Pero siempre hay alguien dispuesto a joderla.
En 1988, el concejal de Fiestas, Eduardo Blanco, decidió que el pabellón debía reservarse para fines “deportivos”. Se acabó la música allí. Se trasladó el festival a María Pita. Un lunes, 29 de agosto. La Granja tuvo que recortar su concierto a media hora, por la orden de cortar el sonido a una hora prudente. Los vecinos, que habían pasado del silencio de las palomas al rugido de los amplis, pusieron el grito en el cielo. Y Luz Casal, que cerraba, acabó llorando.
La música no encontraba su sitio. Hasta que en 1989, por fin, se impuso la lógica: Riazor. Arena, horizonte y mar abierto. Un escenario natural. Danza Invisible, Modestia Aparte y La Unión acompañaron a cinco bandas locales. 30.000 personas lo llenaron. Y ya no hubo vuelta atrás.
En 1990, Luz Casal volvió. Primero como pregonera. Luego, como reina del escenario. 120.000 personas. Pantallas gigantes. Himnos cantados al unísono. En 1991, 90.000 más. El festival se había convertido en parte de nosotros. Una ceremonia veraniega, con la arena como iglesia y las guitarras como credo.
Y entonces, el absurdo. En 1992, un año de Juegos Olímpicos y pequeñas miserias, uno de los promotores originales registró el nombre “Noroeste Pop Rock” y pidió dinero por su uso. Nonito Pereira Revuelta, uno de los padres del festival, estalló: “¡Son mis iniciales: NPR!”. Pero no hubo remedio. Tocó cambiarle el nombre: “Coruña Pop Rock”.
Ese año se anunció a los Ramones. Y todos creímos. Pero no vinieron. Tocaron al año siguiente en el Coliseo. En su lugar, los Hombres G, Los Inhumanos y seis grupos locales. Entre ellos, Eskizos, que a punto de separarse, se marcaron uno de esos conciertos que se graban a fuego en la memoria de una ciudad.
En 1994, el cartel dio un giro: por primera vez, ninguna banda local. Pero llegaron los británicos Inmaculate Fools y The Stranglers. La internacionalización ya no era un deseo, era un hecho. Y paralelamente nacía El Gran Guateque, una fiesta para nostálgicos que llenó la playa de trajes sesenteros: Los Bravos, Los Pekenikes, el Dúo Dinámico, Fórmula V…
A finales de los 90, el Noroeste ya no era solo gallego. Bob Geldof, The Cure, Joe Cocker, Simply Red, Status Quo (con 75.000 personas). En 1997, la excepción: Los Suaves —los únicos capaces de devolverle el rugido a Riazor—, ante 60.000 gargantas. Y mientras tanto, desfilaban Ketama, Rosario, Antonio Vega, Marcela Moreno. Y el folk cobraba vida en las Noites Celtas: Luar na Lubre, Gwendal, Eric Riggler, y un Shane McGowan que subió al escenario como si saliera de un naufragio.
En 2001 volvió la esencia local. Xoel López y Deluxe abrieron para The Waterboys. Carlos Núñez se unió. Y la magia fue total. En 2002, antes de San Juan, Amaral, Ketama, Piratas, Especialistas. Luego Gloria Gaynor, Miguel Ríos, Rosario, José el Francés. Y hasta 100.000 personas para ver a Chenoa y otros triunfitos. El Noroeste, sin embargo, había desaparecido del cartel. No figuraba.
En 2003, ni eso. Ni un solo concierto en la playa. El Ayuntamiento alegó falta de presupuesto. La ciudad entera protestó. Y surtió efecto.
En 2004, Riazor volvió a sonar: Rubén Blades con la Electric Light Orchestra, David Civera, La Quinta Estación, Herdeiros da Crus, Los Suaves, Deluxe. En 2005, tres días: Josele Santiago, Pereza, Siniestro Total. En 2006, cuatro: con tributo a Golpes Bajos en el Centenario de Estrella Galicia. Paul Weller compartiendo cartel con El Koala. Sí. El dandi inglés y el de “opá, voy a hacer un corral”.
En 2007, Deluxe volvió a barrer en casa. Dover, Nacha Pop, New York Dolls. En 2008, Kiko Veneno, Raimundo Amador, M-Clan, Asian Dub Foundation, Mode Selektor. Críticas por todas partes, pero la playa llena.
Y en 2009, el disparate: The Hives, sí. Pero también Raphael y El Consorcio. Se terminó. El Noroeste Pop Rock ya no era ni noroeste, ni pop, ni rock. Era una gala de domingo, con escenario de cartón piedra y ecos de televisión pública.
Pero no murió.
En los años 2010, el festival se expandió. Ya no cabía solo en Riazor. Tomó las plazas, las iglesias, los parques, el castillo de San Antón, el muelle de Batería, Santa Margarita, la Fundación Luis Seoane, Azcárraga. Nació el “Noroeste Expandido”. Pero no por moda ni marketing. Porque cuando algo nace en la calle, tiende a ocuparla entera.
Sigue siendo gratuito. Sin pulseras, sin zona VIP, sin postureo. En 2023 ofreció más de 60 conciertos. En 2024, más aún. Primal Scream, Parov Stelar, Lori Meyers, Vetusta Morla, Love of Lesbian, Xoel López. Y decenas de bandas gallegas que ese mismo día nacieron en una esquina de Monte Alto o en una habitación mal insonorizada de Os Mallos.
Porque el Noroeste no es un festival. Es una barricada emocional. Es nuestra manera de decir: “Aquí estamos”. Aquí no vendemos música: la regalamos. No buscamos postureo: lo fabricamos con amplis torcidos y empanada fría. Aquí no caben los teatros de alfombra. Caben los cuerpos sudados, la cerveza caliente y el rugido de la ciudad.
Así que cuando empiecen las fiestas de María Pita, cuando la ciudad se llene y la música empiece a sonar, no lo olvides: cada acorde es una afirmación. Cada canción, una bandera. Somos Coruña. Resistimos. Tocamos. Y gratis.
Foto del Blog HISTORIAS, HISTERIAS Y ANDANZAS MUSICALES..de Nonito Pereira
Es correcto Gwendal en Noites Celtas? Yo recuerdo en su lugar al grupo Capercaille