Miguel Abreu
Existe un camino antiguo que atraviesa un mundo nuevo. Un trazo de luz sobre la tierra gastada, donde los pasos buscan más que un destino, buscan sentido. No es una huida. No es turismo. Es volver a ser embrión para volver a nacer.
Quien camina hacia Santiago no lo hace solo con los pies, lo hace con el alma. Cada paso libera un grito callado, cada silencio es una oración sin palabras. Y es en ese silencio donde el Hombre se reencuentra. Lejos del ruido, lejos de la prisa impuesta, lejos de la mentira en la que se ha convertido el mundo.
Vivimos tiempos oscuros. Un tiempo en el que matar de hambre es estrategia de Estado. Donde quienes deberían proteger levantan muros, propagan miedo, se alimentan de sangre. Un tiempo de líderes encorvados, de pueblos callados, de verdades vendidas al precio de la conveniencia. Un tiempo en el que los mapas vuelven a redibujarse con pólvora y vanidad, como si la historia no hubiera enseñado nada.
Y aun así, en medio de tanto absurdo, hay un camino que resiste. Una línea viva donde hombres y mujeres, desconocidos entre sí, se miran a los ojos y reconocen lo que significa ser humano. Donde el dolor se comparte sin vergüenza. Donde se llora sin miedo. Donde el abrazo de un desconocido vale más que mil promesas de un político. Donde la fraternidad cobra cuerpo.
Santiago es eso, un lugar donde el Hombre aún sucede. Donde se escuchan los pasos de la esperanza. Donde el corazón aprende a caminar al ritmo de la eternidad. Donde, si nos lo permitimos, tocamos nuestra esencia.
Que nunca dejemos de caminar.
Que nunca perdamos nuestra humanidad.