Durante varias semanas recorrí los bares, salas, terrazas y garitos de esta ciudad que vive más de noche que de día. Me senté con músicos, hablé con camareros, escuché pruebas de sonido a deshora y vi cómo se desmontaban equipos entre cables cruzados y miradas cansadas. Lo que encontré no fue una escena musical vibrante ni una comunidad artística hermanada. Lo que encontré fue un ecosistema enfermo, un corral sin gallo donde todos picotean lo que pueden, aunque sea a costa del compañero.
Esta es la crónica de una derrota que nadie quiere contar en voz alta: el músico local de entretenimiento —ese que canta versiones, que anima bares, que le pone alma a la cerveza del viernes— se está arrastrando por las esquinas, y lo hace por el precio de una cena o una ronda de chupitos.
He hablado con más de una docena de bandas, tríos y dúos que llevan años dejándose la garganta y el lomo por un caché que no da ni para pagar las cuerdas. Algunos lo reconocen con resignación. Otros, con rabia. Todos, con la misma frase en la boca: “Esto ya no da ni para gasolina”.
Los números son obscenos. Una banda de cinco músicos cobra de media 350 euros por dos horas de actuación. Setenta por cabeza. Incluyendo carga, descarga, montaje, prueba, bolo y desmontaje. En algunos casos, deben además poner el equipo de sonido. Nadie habla de dietas, de desplazamientos ni de ensayos.
En paralelo, los dúos y solistas, más ligeros y con menos gastos, están cobrando entre 100 y 120 euros por músico. Hasta ahí, el negocio parece simple. Pero el problema no está en el reparto. Está en la puñalada.
Porque a la vuelta de la esquina siempre hay alguien dispuesto a tocar por menos. Siempre.
—“Nos han dicho que no, porque otro grupo lo hacía por 200”, me contaba un guitarrista.
—“Una vez nos ofrecieron tocar por las consumiciones. Dicen que es ‘visibilidad’”, me decía otro.
El término visibilidad se ha convertido en la muletilla preferida del que no quiere pagar. Y muchos músicos, tragando orgullo, lo aceptan. Tocan gratis. O casi. Por una cena, por un cubata, por un “ya te llamaremos”. Y en ese gesto, inocente en apariencia, arrastran a todos los demás al fondo del pozo.
Porque este no es un mercado libre, es un mercado roto. No hay tarifas mínimas, no hay regulación, no hay gremio que proteja. Cada grupo es una isla. Cada músico un náufrago. Y en lugar de remar juntos, se tiran al agua unos a otros para flotar un rato más.
El compañerismo, si alguna vez existió, se ha convertido en un mito. Una reliquia del pasado. En su lugar hay competencia feroz, desleal, y en ocasiones hasta sucia. Algunos músicos con cierto rodaje me hablaron de bandas que, literalmente, regalan las actuaciones para quitarle el puesto a otras. Otros bajan los precios hasta lo indecente con tal de encajar en la agenda del local.
—“Hay peña que viene de fuera a reventar precios aquí. Y lo logran. Pero luego se van. Y nos dejan jodidos a los de siempre”, me confesó el cantante de una banda habitual en locales de la zona centro.
La otra cara del asunto son los hosteleros. Hay de todo, claro. Los que valoran el trabajo y pagan lo justo, aunque son minoría. Y luego están los otros: los que exprimen, los que regatean, los que tratan al músico como un camarero sin contrato. Los que ofrecen tocar por “lo que se saque en barra”. Los que te dan cuatro consumiciones y te dicen que te están haciendo un favor.
Pero el problema real está dentro del propio gremio. En la falta de unidad. En esa urgencia mal disimulada por subirse a un escenario a cualquier precio. En el miedo a decir “no”, por si no vuelven a llamarte.
Y ese miedo, disfrazado de necesidad, es lo que está hundiendo el barco.
Esta crónica no va de una guerra entre solistas y bandas. No es una queja contra los locales. Es un grito sordo contra la autodestrucción de un oficio que vive sin red. Un trabajo sin contrato, sin respaldo, sin ley. Donde cada bolo se negocia como si fuera una subasta inversa: a ver quién lo hace por menos. A ver quién regala mejor su dignidad.
La música, esa que debería elevar, se ha convertido en moneda de cambio. Y el músico, en el último eslabón de la cadena. El que anima, el que llena, el que convierte un bar vacío en una fiesta, pero al que nadie quiere pagar lo que vale. Porque total, “lo hace con gusto”, “le gusta tocar”, “se divierte”.
Pero una cosa está clara: la pasión no paga la hipoteca. Y el talento, cuando se regala, se devalúa. El músico que acepta tocar por caldo y cerveza está enterrando su futuro. Y el del resto.
Lo que queda, si no se planta cara, es esto: una ciudad donde la música suena cada fin de semana… pero suena triste, exprimida, rendida. Suena a derrota. A banda sonora de un naufragio.
Y, mientras tanto, seguimos cantando. Por una taza de caldo.
Y gracias.