El Tambo: donde vendimos el alma al rock

@jsuarez02111977

Había un lugar en mi adolescencia que no era un bar, ni una discoteca, ni una sala de conciertos. Era un agujero. Un sótano disfrazado de templo, una cueva donde el humo se podía masticar y la cerveza olía a pecado. Se llamaba Tambo, y estaba en la Ciudad Vieja, justo al lado del Garufa, que era otro de esos antros legendarios donde las noches no tenían dueño.

El Tambo era pequeño, tan pequeño que al entrar ya estabas dentro del infierno. A la derecha, el altar: el pincha, rodeado de vinilos que parecían cuchillas. Desde allí lanzaba himnos que nos atravesaban el pecho: Judas, Metallica, Pistols, Guns N’ Roses. Canciones que se nos metían en la sangre como veneno dulce, que nos obligaban a quedarnos hasta que el cuerpo decía basta. La música en el Tambo no se escuchaba: te poseía.

A la izquierda, en la pared, reinaba un monstruo: el “Painkiller” de Judas Priest, pintado con una rabia de otro mundo. Aquella criatura de metal, con alas afiladas y ruedas en vez de piernas, me clavaba los ojos como cuchillos. Yo no lo sabía entonces, pero lo había pintado Noelia Muiños, que hoy es amiga mía y artista de las de verdad. En aquel momento era solo un mural, pero para mí fue un tótem, un dios mecánico que vigilaba mis madrugadas y me recordaba que la belleza podía ser brutal.

Al fondo había unas escaleritas ridículas, dos escalones de nada, que parecían llevarte a otro planeta. Allí estaban las mesas: trincheras donde se jugaba a los dados, se empinaban calimochos venenosos y se destrozaban pulmones de tanto reír. Durante un tiempo, en ese rincón sobrevivía un pinball que nos dejaba secos de monedas y secos de paciencia. Y más abajo, en un sótano mugriento, un futbolín. Ahí se desataba la guerra: gritos, patadas al aire, vasos que caían al suelo y la sensación de que aquello, en cualquier momento, se iba a derrumbar.

Hoy todo eso estaría prohibido. Multas, licencias, inspectores de sanidad. Pero entonces la vida no tenía permiso ni papeles. La vida simplemente ocurría. El humo te hacía llorar los ojos, pero nadie lloraba por dentro. Allí cabían generaciones enteras: los adolescentes como yo, con pantalones de pitillo, camisetas negras y sueños oxidados; y los veteranos, con whisky en mano y canas en la melena, que se acodaban en la barra como viejos marineros varados. Diferentes edades, misma religión: el ruido eléctrico, la sangre caliente y las ganas de mandar el mundo a la mierda.

El Tambo no era un bar: era un vientre oscuro que nos tragaba y nos paría cada madrugada. Era un lugar sucio, brutal, irreverente. Un sitio donde aprendí que la música podía ser un cuchillo y un abrazo a la vez. Que un mural pintado en la pared podía salvarte. Que un futbolín podía unir a desconocidos como hermanos de guerra.

Y yo, lo confieso, no sería el mismo sin él.
Porque el Tambo me enseñó a vivir de noche, a temblar con un riff de guitarra, a perderme en un humo denso y a encontrarme en una carcajada rota.
Si hoy me busco en el espejo, sé que la culpa la tiene aquel agujero maldito.

La culpa la tiene el Tambo.

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