El Aguillón: CubaLitros, Hendrix y noches sin red

@jsuarez02111977

Otro de los lugares míticos de esta ciudad fue el Aguillón, en la calle Florida, a dos pasos de la Praza do Humor y pegado al lateral de la iglesia de San Nicolás. El contraste era de manual: un lado, la fe, el incienso y los confesionarios; al otro, la barra, la música a todo trapo y las madrugadas en vena.

El local era un cuchitril con encanto. Subías dos escalones y ya estabas dentro. La barra quedaba a la derecha, larga y sufrida, y a la izquierda las mesas de madera y los barriles donde se apoyaban las primeras rondas. El menú era simple: CubaLitros como si no existiera el mañana. Así arrancaban muchas noches, incluso en los años universitarios, cuando las clases importaban menos que la resaca.

Pero lo que de verdad hacía distinto al Aguillón no eran solo las paredes, los litros o la guitarra colgada al fondo. Era la gente que lo levantó. Rafa y Iago, los dueños, consiguieron algo que no se compra ni se fabrica: el buen rollo. Se notaba nada más entrar. Tenían ese talento de anfitriones de barrio, capaces de que un bar pequeño se convirtiera en un refugio enorme. Allí daba igual si eras universitario, currante o vecino de toda la vida. Todos cabían en el ambiente que ellos construyeron a base de sonrisas, música y complicidad.

Los detalles completaban la liturgia. Los baños, por ejemplo: Jimi Hendrix en el masculino, Janis Joplin en el femenino. Nadie se equivocaba de puerta, pero todos salían con la misma mueca cómplice. Y al final de la barra, colgada como si esperara al primero que se atreviese, la guitarra española. Alguna vez la cogíamos y caían temas de Extremoduro o Barricada, mal tocados pero bien vividos, con colegas coreando como si nos fuera la vida.

El Aguillón sonaba a rock por los altavoces, unas veces limpio, otras destartalado, pero siempre con actitud. Dentro se apretaba la peña, fuera la calle Florida se llenaba de grupos que alargaban la noche. Y en medio de todo eso, Rafa y Iago, sirviendo copas y sonrisas, sosteniendo el timón de un barco que navegaba cada madrugada hacia lo imprevisible.

Han pasado más de 25 años, pero ese recuerdo sigue mordiendo. El Aguillón era eso: pequeño, directo, sin concesiones. Un lugar para empezar la noche con los amigos y acabarla quién sabe dónde. Un templo canalla donde la única liturgia era brindar, cantar y reírse de todo. Y si aquel templo existió fue porque Rafa y Iago lo imaginaron y lo mantuvieron vivo, con su carácter y su buen ambiente, como dos guardianes de la noche coruñesa.

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