El Manolito: recuerdos que aún huelen a caldo

@jsuarez02111977

En 1956, en Chantada, Manuel Souto Rodríguez y Guadalupe Linares Sanjurjo abrieron un pequeño local que llamaron Manolito. Allí empezó todo. En 1969 se trasladaron a A Coruña y, en pleno Cuatro Caminos, levantaron sin proponérselo una institución que acabaría formando parte del alma de la ciudad.

Lupe, en la cocina, sabía que las cosas importantes solo salen bien si se hacen despacio. Manuel, en la sala, entendía que dar de comer era también escuchar, sonreír, acompañar. Entre los dos construyeron mucho más que un restaurante: levantaron un lugar donde la gente se reconocía en la mesa, donde A Coruña se miraba a los ojos sin prisas.

El lacón con grelos, servido todo el año, fue su bandera. No era una ocurrencia, era una declaración de intenciones. Un desafío a los calendarios, una forma de decir “esto es lo nuestro”. Y así, verano o invierno, los comensales volvían una y otra vez, porque allí lo que se servía no era solo comida: era verdad.

Por aquellas mesas pasaron familias, marineros, ejecutivos, trabajadores y peñas deportivistas. Todos distintos, todos iguales. En Manolito no había clases ni etiquetas: solo sobremesas largas, vino tinto, discusiones de fútbol y risas que se quedaban flotando en el aire. Era el tipo de sitio donde uno iba a comer… y acababa quedándose a vivir un rato.

Con el tiempo, llegó el relevo. Manolo, el hijo, mantuvo la esencia y la dignidad del apellido, recordando siempre que “Manolito fue mi padre”. Y más tarde, su hija Paula recogió la llama y la transformó en un nuevo proyecto: La.Con.Fusión, un espacio que mezcla tradición y modernidad, cocina gallega y aire contemporáneo, con el mismo respeto por la raíz familiar. Este octubre, La.Con.Fusión ha cumplido cinco años, demostrando que el legado sigue vivo, respirando con otro ritmo pero latiendo con el mismo corazón.

Cuando en marzo de 2020 las puertas de Manolito bajaron la persiana, la ciudad perdió uno de sus refugios más sinceros. Pero no se apagó del todo. El recuerdo sigue vivo en quienes se sentaron a su mesa, en el aroma de un caldo que se confunde con la memoria, y en la manera de trabajar de quienes heredaron su nombre y su oficio.

Porque hay cosas que no se acaban, solo cambian de forma. Lo auténtico no muere: se queda en la memoria, flotando como el olor de un plato que nunca se olvida.

Comparte éste artículo
No hay comentarios