El huésped que no paga alquiler. Por Jesús Suárez

@jsuarez02111977

Hay un virus viviendo en ti que no paga alquiler.
Un cabrón silencioso que se te metió en los pulmones hace tiempo y no se fue. Y ahora te despiertas cada mañana con la sensación de que alguien te ha robado la mitad de la gasolina del depósito durante la noche.

Es COVID persistente, lo llaman. Yo lo llamo vivir con un inquilino de mierda en tu propio cuerpo. Un parásito que te arranca los cables por dentro y te deja a medias, como un puto televisor viejo chisporroteando en blanco y negro.

Lo jodido no es solo el cansancio. Es que miras alrededor y todos van a toda velocidad: trabajan, corren, salen de fiesta, planean viajes. Tú en cambio te arrastras. Te arrastras por la casa como un boxeador en el noveno asalto, tambaleándote, con el cerebro envuelto en niebla y el corazón latiendo como un tambor mal afinado.

Lo peor no es el dolor. Lo peor es la invisibilidad.
Que llegas al médico y te mira como si fueras un fraude.
Que dices que estás roto por dentro y te contestan con una sonrisa barata: “quizá sea estrés, ansiedad, tienes que relajarte”.

Relajarte, dicen. Como si el aire no se quedara corto, como si la cabeza no se te llenara de sombras, como si tu cuerpo no hubiera quedado convertido en un motel de carretera habitado por un huésped borracho que no piensa irse nunca.

Y lo llevas por dentro en silencio. Lo ocultas. Porque da vergüenza admitir que el virus te jodió más allá del contagio. Porque la sociedad ya pasó página, y ahora lo tuyo suena a excusa, a cuento, a debilidad.

Pero no es debilidad. Es sobrevivir en la cuerda floja. Es pelear cada día contra un enemigo invisible mientras sonríes en la oficina, o en la mesa familiar, o frente al espejo que ya no reconoce a la persona que eras antes.

Este texto es para ti, compañero, compañera. Para que sepas que no estás loco, que no estás sola, que no eres un farsante.
Tienes razón al gritar que el virus aún sigue aquí dentro.
Tienes derecho a estar cansado, a estar roto, a estar hasta los cojones.

El COVID persistente es como un maldito tatuaje grabado en tus células. Y nadie quiere mirarlo. Nadie quiere admitirlo. Prefieren pensar que fue un mal sueño colectivo. Pero tú, amigo mío, sigues viviendo en la pesadilla.

El huésped no paga alquiler, pero tampoco te derrota del todo.
Sigues aquí, jodido pero vivo.
Y eso ya es una victoria.

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