Jarrones chinos y conversos: El socialismo de consejos de administración

Desayunar con una entrevista a Felipe González es un ejercicio de riesgo para la digestión. Ahí estaba el «guía espiritual» de la Transición, pontificando sobre dignidad mientras se deja querer por los altavoces de la derecha y la extrema derecha. Resulta fascinante cómo la pérdida de un «cuartillo» de notoriedad puede empujar a quien lo fue todo en la izquierda a convertirse en el mejor activo de sus antiguos enemigos.

El socialismo español padece una patología crónica: la de los líderes que, tras décadas viviendo a cuerpo de rey, confunden sus privilegios con el interés general. Cuando ya no controlan el mando y tienen que justificarse ante el mundo real, explotan. Pero el caso de González es especial; él no necesitó esforzarse mucho. Le bastó con arrimarse a los altares del poder económico para que se produjera el «milagro de la conversión». De la pana de los ochenta a la seda de los consejos de administración de las grandes eléctricas, hay un trecho que él ha recorrido sin despeinarse, olvidando por el camino los principios que un día le valieron los votos de la clase obrera.

A esta cohorte de «socialistas enfurecidos» se suman otros náufragos del ego, como Rosa Díez, ( traicionó a los gallegos abortando una comisión en Europa sobre el Prestige), que ha hecho del rencor contra Pedro Sánchez su única forma de vida. Pululan por las tertulias, escupiendo bilis contra cualquier avance que no lleve su sello, buscando desesperadamente un lugarcito , una rendija, un soplo de aire por donde colarse de nuevo en la política activa.

No son voces críticas; son jarrones chinos que, al verse fuera de la mesa principal, han decidido estallar contra el suelo para que alguien, por fin, se fije en ellos. Es la triste estampa de quienes prefieren ser los tontos útiles de la derecha antes que aceptar que el socialismo de hoy no necesita sus lecciones de «dignidad» de salón.

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