Los cristianos de los que nadie quiere saber. Por Miguel Abreu

Hay muertes que no pasan por el faldón de las noticias. No abren telediarios. No generan debates encendidos ni hashtags solidarios. Mueren en silencio. Y ese silencio mata dos veces. Hoy, en el siglo XXI, mientras nos consideramos civilizados, globales y esclarecidos, hay cristianos perseguidos, torturados, encarcelados, violados, expulsados de sus casas, muertos simplemente por creer en Cristo. No por tráfico. No por intereses económicos. Sino por la fe que profesan. Una fe que se ha vuelto incómoda. Invisible. Convenientemente olvidada. Muchos, en Europa, ni siquiera saben que estos actos de horror ocurren. Otros lo saben, pero hacen como si no lo supieran. Porque falta coraje moral. Porque obliga a elegir. Porque expone. Porque desmonta la narrativa cómoda de que la persecución religiosa es cosa del pasado, de los libros de Historia, de las catacumbas romanas. No lo es. Está viva. Crece. Y se extiende.

Hablamos, y con razón, de tantas fobias, de tantos odios, de tantas exclusiones. Pero cuando se habla de cristianos perseguidos, se instala una incomodidad extraña. Un malestar casi culpable. Como si denunciar este sufrimiento fuera un ataque a alguien. Como si defender a los cristianos fuera, paradójicamente, un acto de intolerancia. Y, sin embargo, la sangre sigue cayendo. Lejos de las cámaras. Lejos de nuestra indignación selectiva. Europa está cansada. No solo económica o políticamente. Está cansada espiritualmente. Cansada de sus raíces. Cansada de recordar quién es. Quiere agradar a todos, armonizarlo todo, y acaba por neutralizarlo todo. Y, en ese proceso, se olvida de sí misma. De sus fundamentos. De la matriz que modeló la dignidad humana. La centralidad de la persona. La idea de cuidado, de hospitalidad, de límite al poder. Todo eso nació de una visión profundamente cristiana del ser humano.

Hoy, ser cristiano parece casi un problema. Una excentricidad tolerada, siempre que se viva discretamente. Siempre que no hable alto. Siempre que no incomode. Muchos tienen miedo de decirlo. Otros sienten vergüenza. Reducen la fe a un bautismo antiguo, sin práctica, sin rostro, sin compromiso. Como si la fe tuviera que pedir disculpas por existir. Pero ser cristiano nunca fue cómodo. Nunca fue seguro. Nunca fue una moda. La persecución no es un accidente en la historia del cristianismo, es parte de su carne. La cruz no es un adorno, es la realidad del cristiano. Y no nos engañemos: la incapacidad de hablar con claridad sobre inmigración, sobre integración, sobre normas, sobre dignidad del trabajo, no es señal de virtud. Es señal de miedo. Regular no es excluir. Proteger fronteras no es deshumanizar. Al contrario. Es impedir la esclavitud moderna, el tráfico de seres humanos, la explotación de los más frágiles. Es cuidar de quienes llegan y de los que ya están aquí. Es cuidar de la dignidad de la persona. Esta lógica del cuidado integral – del otro como persona, no como número – no nace del relativismo. Nace del Evangelio.

Hay heridas que duelen más porque parecen ignoradas. Y esta es una de ellas. Cristianos perseguidos, olvidados, solos. Hombres, mujeres, niños, jóvenes y ancianos, cuyos nombres nunca sabremos. Que rezan en cuevas, en lugares recónditos, en silencio. Que mueren sin memoria pública, sin justicia, solos ante Dios. Y, sin embargo, siguen creyendo. Tal vez sea eso lo que más incomoda al mundo: una fe que no se calla incluso cuando todo es arrebatado. Una fe que sobrevive sin poder, sin visibilidad, sin protección. Una fe que no negocia la verdad a cambio de seguridad. Son los santos de hoy, de cada día.

Para los cristianos, queda una llamada exigente: no perder la fe. No anestesiar la conciencia con las distracciones con las que el mundo nos bombardea constantemente. No convertir el Evangelio en una pieza decorativa. Rezar, sí. Pero también vigilar. Denunciar. Cuidar. Hacer lo que corresponde a cada uno, incluso cuando parece poco. Especialmente cuando parece poco. Y quizá, en medio de esta noche espesa, sigan resonando las palabras de Santa Teresa de Ávila, no como consuelo barato, sino como aliento: “Nada te turbe, nada te espante. Todo pasa. Dios no cambia. La paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene, nada le falta. Solo Dios basta.” Hay despertares que cuestan. Pero salvan.

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