La nave de los locos

Periodista y escritor

Hay una imagen que Jeremy Bentham −el filósofo inglés que en el siglo XVIII diseñó el panóptico, esa prisión perfecta donde el preso nunca sabe si lo vigilan, pero actúa como si siempre fuera así− nunca llegó a imaginar: la de un planeta entero convertido en manicomio sin muros, sin psiquiatras y, lo que es peor, sin diagnóstico. Un manicomio en el que los internos han tomado el control de la institución, han incendiado los expedientes clínicos y proclaman su cordura ante las cámaras con la convicción serena y aterradora de quien lleva demasiado tiempo creyéndose su propio delirio.

Y lo peor no es eso. Lo peor es que la nave −esta gran nave espacial a la deriva que llamamos Tierra− va sin pilotos. O peor aún: tiene locos en la carlinga. Así que: bienvenidos a bordo. Hemos despegado y nadie sabe dónde está la salida de emergencia. Porque eso es, con toda la precisión que me permite el lenguaje, lo que está sucediendo. No estamos ante una nueva crisis. Las crisis tienen principio y fin, tienen diagnóstico y tratamiento. Lo que estamos viviendo es otra cosa: es la normalización clínica del delirio, la institucionalización del absurdo, la coronación del esperpento como forma de gobierno.

𝐄𝐥 𝐜𝐚𝐩𝐢𝐭𝐚́𝐧 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐧𝐚𝐯𝐞

Imaginemos −y no hace falta demasiada imaginación− a un hombre corpulento, de mirada esquiva, con una arquitectura capilar de dudosa ingeniería que más bien parece un tupé plastificado, barnizado como un merengue industrial, surcando los cielos en el avión más sofisticado y mejor protegido del mundo. Va en el Air Force One, esa catedral volante del poder absoluto, el mismo avión desde el que sus predecesores ordenaron guerras, derrocaron gobiernos y llamaron a todo eso «defensa de la libertad». Ahí dentro, con los códigos nucleares en la mesilla y medio planeta pendiente de sus palabras, el capitán de la nave suelta a cada momento declaraciones infames, publica vulgaridades, insulta y −sobre todo− se contradice a sí mismo con la soltura de quien ha convertido la incoherencia en sistema.

Este personaje anuncia aranceles a diestro y siniestro, guerras comerciales, anexiones territoriales, invasiones, bloqueos… como quien escupe al viento porque no le importa dónde cae. Y el mundo, una gran mayoría del mundo occidental, le obedece o le consiente.

Eso sí, los presidentes y primeros ministros salen, con cara de no haber entendido absolutamente nada, a explicar en rueda de prensa lo inexplicable. Los cancilleres llaman a Washington para que alguien les traduzca el último disparate; los grandes medios interrumpen su programación para añadir ruido encima del ruido; los tertulianos debaten durante horas sin atreverse a concluir lo obvio; y los influencers lo enlodan todo en las redes. Luego, debidamente empaquetado, el detritus llega a la gente de la calle que, en gran medida narcotizada, mira hacia otro lado mientras intenta sobrevivir con un empleo cada vez más precario, un alquiler que la sangra, una hipoteca convertida en sepultura y el partido de los domingos en la tele.

Pero volvamos al capitán rumbo al desastre. A su lado, su pasajero de honor: Benjamin Netanyahu, un político que lleva años convirtiendo Oriente Próximo en el laboratorio más siniestro de la historia reciente −Gaza, Líbano, Siria, Yemen− con una impunidad que solo es posible cuando quien debería frenarle elige hacerse cómplice. Ambos gobiernan desde la certeza de quien siente tener razón divina y ningún tribunal que les corrija sus genocidios particulares.

𝐋𝐚 𝐭𝐫𝐢𝐩𝐮𝐥𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧

Junto a ellos, en primera clase, viajan otros personajes ilustres: un presidente sudamericano que llegó al poder con una motosierra en la mano y ha hecho del delirio neoliberal una performance de entretenimiento masivo; un mandatario europeo que colecciona portaviones como quien colecciona sellos y habla de guerra con la solemnidad de quien ha leído demasiados libros de historia sin comprender ninguno; y numerosos líderes que gobiernan a golpe de decreto, de miedo y de nostalgia por un pasado que nunca fue tan glorioso como lo recuerdan.

Todos, absolutamente todos, gestionan sus países desde la pantalla. El tuit es la nueva ley. La narrativa se construye en un máximo de doscientos ochenta caracteres, y la realidad −esa cosa terca, compleja y que conviene matizar− sobra. La política, en su sentido más auténtico, esa actividad destinada a organizar la convivencia y garantizar el bien común, ha muerto. En su lugar tenemos algo que no merece el mismo la parodia, el engaño sistemático, la manipulación algorítmica, el espectáculo permanente. No hay ideología, hay branding. No hay programa, hay storytelling. No hay estadistas, hay influencers.

Pero el delirio no es solo de presidentes y dictadores. Hay una élite tecnocrática que, sin ser elegida por nadie, también ocupa el puente de mando. Son los verdaderos pilotos de esta nave: Musk, Zuckerberg, Bezos, Altman, y decenas de congéneres surgidos al calor de las nuevas tecnologías. Hombres que no rinden cuentas a nadie y que controlan la infraestructura sobre la que se construye el discurso público global. Ellos deciden qué se amplifica y qué se silencia. Ellos diseñan los algoritmos que determinan qué nos indigna, qué nos entretiene, qué nos distrae. Son los nuevos dueños del ágora: ese espacio que fue de deliberación y que hoy es un circo de máxima audiencia.

𝐒𝐚́𝐥𝐯𝐞𝐬𝐞 𝐪𝐮𝐢𝐞𝐧 𝐩𝐮𝐞𝐝𝐚

Y debajo de todo esto estamos los que no vamos en el Air Force One ni en primera clase, sino apretujados en las salas de máquinas o en las bodegas de carga como mercancía o simple equipaje. Lo que nos llega a diario son noticias inquietantes: masacres y genocidios de pueblos y sociedades, hambrunas, extractivismo, degradación exponencial del medio ambiente, la subida del precio de los combustibles, de los fertilizantes, de la cesta de la compra… Noticias que parecen importantes porque afectan al bolsillo, pero que funcionan como señuelo perfecto para no mirar hacia arriba −hacia el puente de mando, donde se toman decisiones que afectarán no al precio del pan de esta semana, sino a la supervivencia de las próximas generaciones. El truco mágico del capitalismo: mantenernos ocupados con los síntomas para que no nos preguntemos nada sobre la enfermedad.

Y hablando de enfermedades: hay una que quizás sea, en la historia de la humanidad, una de las más graves y la llevamos encima las veinticuatro horas. Me refiero al teléfono móvil y a toda la carga bacteriana que nos transmite: bulos diseñados con una precisión que haría palidecer a cualquier publicista del siglo XX, desinformación que nos provoca angustia crónica, indignación selectiva que nos agota sin movilizarnos. Pero los cuerpos hablan. Llevan años intentando digerir una realidad que es, literalmente, indigesta: guerras en bucle, líderes delirantes, futuro clausurado, planeta en llamas. ¿Qué esperábamos? ¿Que el organismo aguantara sin decir nada?

Así que la poderosa industria farmacéutica escucha y se frota las manos. Porque cada malestar es un mercado. Cada diagnóstico, una oportunidad de negocio. Cada paciente, un cliente potencial de por vida −exactamente como lo quieren−: de por vida, pero no demasiado sano como para dejar de necesitarlos. El equilibrio perfecto entre la enfermedad crónica y la supervivencia funcional. Para gestionar todo esto, disponemos de diez minutos: ese es el tiempo medio de una consulta médica en la sanidad pública de buena parte del mundo occidental. Diez minutos para explicar el caos que uno lleva dentro. Diez minutos para que un médico brillante y agotado −maltratado por un sistema que lo trata como una máquina de despachar recetas− intente resolver en el tiempo que dura un par de canciones lo que la sociedad lleva décadas destruyendo. Diez minutos, una receta y ¡que pase el siguiente!

𝐋𝐨𝐬 𝐚𝐦𝐨𝐬 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐓𝐢𝐞𝐫𝐫𝐚

Mientras todo esto ocurre, el planeta arde −literal y metafóricamente− y las multinacionales siguen a lo suyo. El extractivismo como filosofía de vida. La explotación intensiva de cada recurso disponible con la urgencia de quien sabe que el tiempo se acaba y quiere llevarse todo lo que pueda antes de que lleguen los bomberos: minerales, agua, tierras fértiles, biodiversidad… Todo tiene precio. Todo tiene comprador. Todo se puede convertir en dividendo.

El cambio climático no es un problema para estas corporaciones: es, en el mejor de los casos, una externalidad. En el peor, una oportunidad. Nuevas rutas comerciales gracias al deshielo del Ártico. Nuevos mercados en zonas que antes eran inhabitables. Nuevas necesidades creadas por el colapso de los sistemas naturales. La lógica del capital no tiene escrúpulos; solo tiene objetivos trimestrales. Y los gobiernos, esos mismos que viajan en el Air Force One o gobiernan con motosierra, miran hacia otro lado. O participan, que es peor.

𝐄𝐥 𝐯𝐮𝐞𝐥𝐨 𝐡𝐚𝐜𝐢𝐚 𝐧𝐢𝐧𝐠𝐮𝐧𝐚 𝐩𝐚𝐫𝐭𝐞

Al final, la imagen que persiste es la del aeropuerto. Todos vamos corriendo. Todos con el billete en la mano hacia un destino que nadie sabe muy bien dónde queda. Es la gran huida hacia adelante de nuestra época: moverse para no tener que pensar, consumir para no tener que sentir, indignarse en las redes para no tener que actuar en las calles.

La nave de los locos navega. Los pasajeros discuten entre ellos sobre cosas menores. Los capitanes tuitean desde las alturas. Los accionistas hacen cuentas. Y el horizonte −ese horizonte que una vez prometió algo− se va oscureciendo despacio, con la cadencia tranquila y terrible de todo lo que ocurre sin que nadie lo detenga.

Bentham construyó el panóptico para que los presos sintieran que siempre eran observados. Lo que no previó es que llegaría un día en que los presos pagarían por la cámara, la instalarían ellos mismos y publicarían el vídeo encantados. ¡Bienvenidos a bordo!

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