El extractivismo comienza en ti y en mí

Periodista y escritor

Empiezo por mí. Es lo más honesto que puedo hacer antes de señalar nada y a nadie. Tengo un teléfono móvil, un ordenador portátil, una televisión y un frigorífico. Eso sí, no he tenido ni tengo coche. Pero he cogido aviones. He viajado. He consumido durante décadas con la misma naturalidad irreflexiva con la que se respira, sin preguntarme casi nunca de dónde venía lo que consumía ni adónde iba cuando dejaba de servirme. He escrito artículos sobre el extractivismo con un ordenador cuya producción requirió 1.500 litros de agua por cada chip que lo hace funcionar. Me he informado sobre el cambio climático con un dispositivo fabricado con minerales extraídos en el Congo. He denunciado la devastación del Triángulo del Litio mientras el litio de mi batería se cargaba tranquilamente en el enchufe de casa. Soy extractivista. Y lo digo sin el gesto fácil de la autocrítica que se hace para quedar bien y luego no cambiar nada: lo digo porque si no empiezo por aquí, todo lo que viene después es pura retórica.

Y ahora te miro a ti. Tú, que estás leyendo esto en una pantalla. Tú, que como yo y la mayoría de nuestros congéneres, tienes en el bolsillo o sobre la mesa un objeto que contiene 75 elementos de la tabla periódica, 65 de ellos minerales extraídos en más de una docena de países, muchos de ellos en zonas de conflicto armado, en ecosistemas devastados, en comunidades indígenas que no firmaron ningún contrato y que no cobran ninguna renta. Tú, que cambias de móvil cada dos o tres años porque el sistema está diseñado para que el anterior deje de funcionar bien exactamente cuando el nuevo llega al mercado. Tú, que como yo, tienes en casa un frigorífico encendido 24 horas al día los 365 días del año, un televisor que consume electricidad aunque esté apagado, un ordenador cuya fabricación generó más emisiones de CO2 que todos los meses de uso que llevas con él. Tú, como yo, que te fuístes de vacaciones en avión el verano pasado o lo vamos a hacer este verano y cuyo viaje familiar de dos semanas generó en los desplazamientos aéreos entre 3.500 y 4.000 kilogramos de CO2 equivalente allo mismo que consume un hogar europeo medio en un año entero, contando el efecto multiplicador de las emisiones a gran altitud que los folletos de las aerolíneas no mencionan cuando te ofrecen compensar tu huella por doce euros.

Tú también eres extractivista. Como yo. Como todos. No te digo esto para hacerte sentir culpable. Te lo digo para que dejes de sentirte inocente. Porque entre esas dos cosas —la culpa paralizante y la inocencia cómoda— hay un territorio que casi nunca habitamos y que es el único desde el que se puede pensar con cierta honestidad vergonzante: el de la responsabilidad consciente. El de saber lo que hacemos, entender sus consecuencias, y decidir desde ahí qué estamos dispuestos a cambiar y qué no. Sin absoluciones fáciles. Sin el consuelo de la bolsa reutilizable como coartada moral.

Porque la gran operación de este tiempo —la más sofisticada, la más exitosa, la más impune— consiste precisamente en convencernos de que el problema es individual y la solución también. Que si separamos el plástico del cartón, si instalamos un panel solar en el tejado, si nos cambiamos al coche eléctrico, habremos cumplido con nuestra parte. Que la transición ecológica es un asunto de decisiones de consumo, de etiquetas verdes en los supermercados, de aplicaciones que calculan nuestra huella de carbono para que nos quedemos tranquilos después de compensarla con un donativo a un proyecto de reforestación en Guatemala. Es el negocio más redondo que existe: venderte el problema y venderte la solución en el mismo acto, sin alterar en un milímetro el modelo que lo genera todo.

Ese modelo tiene un nombre. Se llama crecimiento infinito en un planeta finito. Y lleva décadas funcionando con la misma lógica: extraer, producir, consumir, desechar, extraer de nuevo, y que el ciclo destructivo continúe impune. La única variable que cambia es la velocidad. Y la única dirección es hacia delante, siempre hacia delante, porque detenerse o retroceder no está en el vocabulario de ningún sistema económico dominante, de ningún partido político con opciones reales de gobierno, de ninguna cumbre del clima que termina con una declaración de intenciones y un vuelo de vuelta en clase business para los delegados.

Hablemos entonces de la llamada transición ecológica. Hablemos de ella con la honestidad que merece, que es bastante menos de la que recibe en los discursos oficiales.

La transición ecológica, tal y como se está implementando en Europa y en el mundo occidental, no cambia el modelo. Lo electrifica. Sustituye el motor de combustión por el motor eléctrico, la central de carbón por el parque eólico, el gasóleo por el litio. Y para fabricar ese litio, ese cobalto, ese neodimio, ese tantalio que la nueva economía verde necesita en cantidades que se duplican cada pocos años, hay que ir a buscarlos donde están: en el subsuelo del Congo, en los salares del Triángulo del Litio —Argentina, Bolivia, Chile—, en las montañas de Indonesia, en las llanuras de Mongolia. Hay que ir a buscarlos con las mismas excavadoras, las mismas técnicas de extracción masiva, los mismos impactos sobre los acuíferos, los mismos desplazamientos de comunidades indígenas, la misma lógica colonial que lleva cinco siglos funcionando y que la etiqueta «verde» no ha modificado en absoluto. Solo ha cambiado el color del prospecto.

Cada coche eléctrico que circula por las calles europeas como símbolo de modernidad sostenible necesita para su batería 8 kilogramos de litio, 35 de níquel, 20 de manganeso y 14 de cobalto. Cada batería de almacenamiento de energía renovable necesita los mismos materiales más grafito, vanadio, cobre y aluminio. Y la demanda de esos minerales no va a estabilizarse: va a multiplicarse. La Agencia Internacional de Energía estima que para 2040 la demanda de litio será cuarenta veces superior a la actual. Cuarenta veces. No un 40% más: cuarenta veces. Lo que exige cuarenta veces más minas, cuarenta veces más agua contaminada, cuarenta veces más comunidades desplazadas, cuarenta veces más territorio devastado en los países que tienen la mala fortuna geológica de tener lo que nosotros necesitamos. Porque de eso se trata, en el fondo. De la mala fortuna geológica de los países del Sur.

Lo que el Primer Mundo llama «cadena global de suministro» es, en términos históricos y materiales, la continuación del colonialismo por otros medios. Cambió la bandera, cambió el vocabulario, cambiaron los contratos. Lo que no cambió es la dirección del flujo: los recursos salen del Sur, el valor añadido se queda en el Norte, los beneficios se contabilizan en Londres, en Nueva York, en Ámsterdam, en Shanghái. Y los costes —la tierra envenenada, el agua escasa, el aire irrespirable, la salud destruida, la cultura borrada, el territorio arrebatado— se quedan donde siempre se quedaron: en las comunidades que vivían encima de lo que nosotros necesitábamos.

El coltán del Congo —sin el que no existiría ningún smartphone, ninguna consola de videojuegos, ningún sistema de armas guiado— ha financiado durante décadas guerras que han matado a millones de personas. No es una metáfora: es un dato documentado por Naciones Unidas, por organizaciones de derechos humanos, por periodistas que arriesgan la vida para contarlo. El litio del Triángulo del Litio se extrae en los salares más frágiles del planeta, en ecosistemas de alta montaña que albergan biodiversidad única y que son el sustento hídrico de comunidades indígenas que llevan milenios habitando esos territorios. Las empresas que explotan esos salares son en su mayoría europeas, norteamericanas o chinas. Los beneficios no se quedan en Bolivia, en Argentina ni en Chile: se contabilizan en las bolsas de Frankfurt, de Londres, de Nueva York. Y los pueblos que vivían sobre el litio reciben, en el mejor de los casos, algunos empleos de baja cualificación y, en el peor, el desplazamiento forzoso y la contaminación de sus fuentes de agua.

Lo que hace especialmente obsceno el momento actual es que todo esto se está produciendo en nombre del medioambiente. Estamos destruyendo los ecosistemas del Sur para salvar el clima del Norte. Estamos desplazando comunidades indígenas para fabricar los paneles solares que iluminarán los apartamentos de clase media europea. Estamos contaminando los acuíferos andinos para cargar los coches eléctricos que circularán por las ciudades donde la calidad del aire ya era razonablemente buena. Es el mayor cinismo geopolítico de nuestro tiempo, y está siendo ejecutado incluso con el pleno apoyo de los escasos gobiernos progresistas europeos, de las instituciones comunitarias, de los partidos que se denominan de izquierdas y que han abrazado la transición ecológica como su gran proyecto histórico sin preguntarse —o sin querer preguntarse— sobre qué cuerpos y sobre qué territorios se asienta ese proyecto.

Los gobiernos de los países ricos llevan décadas firmando acuerdos climáticos, declarando emergencias medioambientales, aprobando planes de transición ecológica y fijando objetivos de reducción de emisiones para fechas suficientemente lejanas como para que ningún político en ejercicio tenga que responder de su incumplimiento. El Acuerdo de París se firma. Los objetivos de París no se cumplen. La COP se celebra, los delegados vuelan desde los cinco continentes, los hoteles de lujo de la ciudad sede se llenan de negociadores y lobistas y activistas, se emite una declaración final de mínimos que todos los gobiernos pueden presentar en casa como un logro histórico, y las emisiones globales siguen subiendo. Llevan subiendo desde que empezamos a preocuparnos por las emisiones globales. No es una coincidencia: es el resultado lógico de un sistema que no puede dejar de crecer sin dejar de ser lo que es.

Las empresas energéticas —las mismas que durante décadas financiaron la negación científica del cambio climático, las mismas que pagaron campañas de desinformación para sembrar la duda sobre sus propias investigaciones internas que confirmaban el calentamiento global— son hoy los mayores inversores en energía renovable. No porque hayan cambiado. Sino porque han entendido que la transición energética es el próximo gran mercado. BP, Shell, Total, Iberdrola, Repsol: han cambiado el logo, han adoptado el lenguaje de la sostenibilidad, han contratado directores de responsabilidad social corporativa. Siguen extrayendo petróleo y gas a máxima capacidad. Siguen financiando nuevas perforaciones. Y cobran subvenciones públicas por sus inversiones en renovables con la misma naturalidad con la que antes cobraban subvenciones públicas por sus inversiones en fósiles.

La izquierda europea merece una mención especial, porque su fracaso en este asunto es el más doloroso precisamente porque era el más evitable. Ha abrazado el capitalismo verde con el mismo entusiasmo acrítico con el que en otros tiempos abrazó el progreso industrial. Ha confundido la transición tecnológica con la transición sistémica. Ha aceptado el marco conceptual de sus adversarios —el crecimiento como objetivo, el mercado como mecanismo, la innovación tecnológica como solución— y ha intentado añadirle el adjetivo «sostenible» como si el adjetivo fuera capaz de cambiar la lógica del sustantivo. No puede. Un capitalismo sostenible es una contradicción en los términos, exactamente igual que un extractivismo responsable o una guerra humanitaria. Son oxímoros que funcionan muy bien en los discursos y que no existen en la realidad.

La realidad es que no hay transición ecológica posible dentro del modelo de consumo actual. No la hay. No porque falte tecnología ni voluntad política ni inversión. Sino porque el modelo de consumo actual requiere una extracción de recursos materiales y una emisión de residuos que superan la capacidad regenerativa del planeta. Estamos consumiendo los recursos naturales a una velocidad entre 1,7 y 1,8 veces superior a la que el planeta puede regenerarlos. Llevamos en déficit ecológico global desde los años 70 del siglo pasado. Y ese déficit crece cada año. La transición verde no lo reduce: cambia su composición. En lugar de petróleo consume litio. En lugar de carbón consume cobalto. El planeta sigue pagando la factura. Solo cambia el concepto de la factura.

¿Qué implicaría una transición real? Implicaría lo que ningún gobierno quiere decir en voz alta porque ningún electorado quiere escucharlo: consumir menos. No consumir diferente: consumir menos. Volar menos. Cambiar de móvil cada diez años en lugar de cada dos. Comprar ropa menos y más duradera. Viajar más cerca. Construir menos y rehabilitar más. Diseñar productos para que duren, no para que se estropeen a tiempo. Gravar el lujo y la sobreproducción con la misma agresividad con la que ahora se grava el trabajo. Redistribuir la riqueza de manera que la austeridad material no recaiga, como siempre, sobre los que ya tienen menos. Nada de esto es imposible. Nada de esto es tecnológicamente complejo. Todo esto es políticamente impensable dentro del sistema actual, porque el sistema actual descansa sobre el crecimiento del consumo como su condición de posibilidad.

Y mientras esa conversación no ocurre —mientras los gobiernos firman acuerdos y las multinacionales cambian de logo y los partidos de izquierda aplauden la economía circular sin cuestionar la economía— en el Congo, en Bolivia, en Indonesia, en Chile, en todas las geografías del mundo que tienen la mala fortuna de estar sentadas sobre lo que nosotros necesitamos, siguen pagando la factura de nuestra modernidad. Con su tierra. Con su agua. Con su salud. Con sus territorios ancestrales. Con sus lenguas y sus culturas que desaparecen cuando llega la mina y con ella la empresa de seguridad privada y con la empresa de seguridad privada los trabajadores de fuera y con ellos el desarraigo y el fin de una forma de vida que llevaba siglos de equilibrio con ese ecosistema que nosotros llamamos «recurso» porque necesitamos lo que tiene dentro.

Tú y yo somos eso. Somos el principio de esa cadena. El extractivismo no empieza en la mina. Empieza en el momento en que encendemos la pantalla, en que metemos la mano en el bolsillo, en que facturamos la maleta para el vuelo de verano, en que abrimos el frigorífico sin pensar ni un segundo en lo que costó fabricarlo ni en quién pagó ese coste.

El extractivismo empieza en ti y en mí. Y mientras no seamos capaces de mirarlo de frente sin apartar los ojos, seguiremos siendo sus cómplices más eficientes: los que lo sostienen sin saberlo, los que lo financian sin quererlo, los que lo heredan a sus hijos envolviéndolo en papel de regalo verde y llamándolo progreso.

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