Llevamos años hablando de extractivismo como si fuera un problema de latitudes lejanas, una cuestión de minas en Bolivia, de salares en el Triángulo del Litio, de acuíferos perforados en el Congo, o de la plaga del turismo intensivo y depredador a lo largo y ancho del planeta. Y lo es. Pero hay otro extractivismo que opera mucho más cerca, que no necesita excavadoras ni contratos con multinacionales, que no deja residuos visibles en la superficie del terreno sino en el interior de las personas. Se llama “extractivismo emocional”, y es, probablemente, la forma más extendida y menos denunciada de explotación que existe en las sociedades occidentales contemporáneas. Consiste, en su definición más simple y más brutal, en relacionarse con los demás exactamente igual que el capitalismo se relaciona con los territorios que extrae: tomando lo que sirve, descartando lo que no rinde, y abandonando el yacimiento cuando se ha agotado.
Nos enseñan a poner límites. Eso está bien. Nos enseñan a cuidarnos. Eso también está muy bien. El problema empieza cuando el auto cuidado se convierte en coartada, cuando la frontera entre la salud emocional y el egoísmo relacional se difumina hasta desaparecer, cuando el discurso terapéutico —que nació para liberar a las personas del sometimiento y del abuso— se convierte en el lenguaje más sofisticado que ha producido el individualismo para justificar el abandono del otro. Nos han enseñado a preguntarnos qué nos aporta una relación. Casi nadie nos ha enseñado a preguntarnos qué le aportamos nosotros. Y esa asimetría, tan pequeña en su formulación, tan devastadora en sus consecuencias, es el núcleo del problema.
Un vínculo no es una operación matemática de beneficio personal. Es una suma, una construcción compartida, algo que solo existe si ambas partes lo sostienen, lo alimentan, lo reparan cuando se rompe, lo eligen cada día aunque a veces cueste elegirlo. Eso requiere esfuerzo, fricción, renuncia, la aceptación de que el otro tiene una alteridad que no siempre encaja con nuestras necesidades inmediatas. Pero vivimos en un tiempo que ha declarado la guerra a la fricción. Queremos relaciones sin conflicto, conexiones sin compromiso, intimidad sin vulnerabilidad, presencia sin permanencia. Queremos todo lo que el otro puede darnos sin asumir el coste de quedarnos cuando dar es lo que se nos pide a nosotros.
El filósofo surcoreano Byung-Chul Han, lleva años diseccionando esta deriva con una precisión que incomoda precisamente porque describe lo que todos reconocemos sin querer reconocer. Las relaciones afectivas cada vez están determinadas por su rentabilidad emocional, advierte Han. En lugar de construir lazos sólidos, las personas buscan constantemente nuevas interacciones que les proporcionen una gratificación inmediata, erosionando la posibilidad de un compromiso real. Y va más lejos: el capitalismo elimina la alteridad para someterlo todo al consumo, a la exposición como mercancía. No miramos a otros para profundizar en una relación sino como si esa persona fuera un objeto más a consumir. En sus palabras más crudas, la ausencia total de negatividad hace que el amor hoy se atrofie como un objeto de consumo, de cálculo hedonista o de pasatiempo para llenar vacíos personales.
No es un fenómeno nuevo, pero sí uno que se ha acelerado de forma exponencial con la digitalización de las relaciones. Zygmunt Bauman lo anticipó con su concepto de amor líquido: en la sociedad contemporánea, donde nada perdura y todo se diluye, las relaciones se diseñan como redes de consumo emocional: deseamos, pero no estamos preparados para sostener. Bauman escribió eso antes de que existieran Tinder, Instagram o las aplicaciones de citas que hoy convierten la búsqueda de pareja en un catálogo de opciones intercambiables, donde deslizar el dedo hacia la izquierda o hacia la derecha sobre el rostro de una persona se ha normalizado como gesto de selección con la misma naturalidad con la que se filtra un resultado de búsqueda en Amazon. La persona como producto. El vínculo como experiencia de usuario. La ruptura como devolución del artículo cuando ya no cumple las expectativas de satisfacción.
La socióloga franco-israelí Eva Illouz ha construido toda una arquitectura teórica para describir lo que ella llama “capitalismo emocional”, ese proceso por el cual las relaciones económicas parasitan y acaban por transformar la cultura de los afectos. Su diagnóstico es demoledor: la racionalización de las relaciones íntimas comportó la transformación de los vínculos emocionales en objetos cognitivos que pueden compararse entre sí y ser susceptibles de un análisis de costo-beneficio. Sustraídas de su particularidad, despersonalizadas y sujetas a un juego de equivalencias métricas o intercambios, las relaciones asumieron una condición de indeterminación y transitoriedad. Dicho en castellano sin eufemismos académicos: hemos aprendido a calcular si una relación nos sale rentable antes de decidir si merece la pena mantenerla. Y cuando el cálculo da negativo, se abandona. Sin duelo, sin explicación, sin el mínimo gesto de respeto hacia alguien que, hasta ese momento, formaba parte de nuestra vida.
El lenguaje lo delata todo. Hoy se habla de “gestionar” los vínculos, de “establecer dinámicas”, de “trabajar la relación” como si fuera un proyecto de empresa con indicadores claves de rendimiento y objetivos trimestrales. Se habla de “toxicidad” a veces para describir cualquier relación que genera malestar, como si el malestar fuera siempre señal de patología y nunca señal de que algo importante está ocurriendo entre dos personas y merece atención en lugar de huida. Se habla de “red flags” para justificar la salida antes de que la complejidad del otro llegue a incomodar demasiado. Y se habla, sobre todo, de “priorizar el bienestar propio” con una frecuencia y una solemnidad que harían pensar que la única persona que merece bienestar en cualquier relación es uno mismo.
El capitalismo de la fábrica se ha expandido enormemente sobrepasando el mundo del trabajo. El sistema ha ido progresivamente abarcando también el ocio, la comunicación, las relaciones entre personas, escribe Byung-Chul Han en su “Psicopolítica”. Y tiene razón en el diagnóstico, pero lo que no dice —o lo que nosotros no queremos escuchar— es que ese proceso no ocurrió solo porque el sistema lo impusiera desde fuera. Ocurrió también porque nosotros lo interiorizamos, lo normalizamos y lo reproducimos cada vez que tratamos a otra persona como un recurso que se explota mientras es útil y se abandona cuando deja de serlo. El extractivismo emocional no lo practican solo las grandes corporaciones ni los algoritmos de las plataformas digitales. Lo practicamos nosotros. En nuestras amistades, en nuestras parejas, en nuestras familias, en los grupos de whatsapp que se disuelven cuando desaparece el interés que los unía, en las personas que dejamos de contestar cuando ya no necesitamos lo que nos daban.
Y aquí es donde la denuncia tiene que ir más allá de la psicología individual y convertirse en denuncia política, porque las consecuencias de esta deriva no son solo personales. Son sociales, colectivas, civilizatorias. Una sociedad que ha normalizado el uso y el descarte de las personas como práctica relacional cotidiana no está solo produciendo individuos solitarios y heridos —que también—. Está produciendo las condiciones culturales e ideológicas necesarias para que los fascismos prosperen. No es una conexión retórica ni una hipérbole: el desprecio por el otro como semejante, la anestesia afectiva ante el sufrimiento ajeno, la lógica del “me sirve o no me sirve” aplicada no ya a las relaciones personales sino a grupos humanos enteros —migrantes, pobres, enfermos, ancianos, los que no rinden—, es exactamente la misma lógica que necesita cualquier proyecto de deshumanización política para instalarse y avanzar sin resistencia. Los genocidios no empiezan con los campos de exterminio. Empiezan con la decisión, primero cultural y después política, de que hay personas cuya vida importa menos que la nuestra. Y esa decisión se aprende. Se practica. Se normaliza. Empieza en lo pequeño, en lo cotidiano, en la forma en que tratamos a quien ya no nos resulta útil.
“Te exploto amorosamente y te abandono cuando ya no cumples ninguna función relevante para mí”. Esa frase, dicha así en voz alta, suena monstruosa. Pero es una descripción precisa de cómo funcionan miles de relaciones contemporáneas, disfrazada de autonomía, de crecimiento personal, de “saber lo que uno quiere”. El problema no es saber lo que uno quiere. El problema es haber construido una cultura en la que lo que uno quiere es siempre lo único que importa, en la que el deseo propio es sagrado y la necesidad del otro es opcional, en la que quedarse cuando es difícil se llama codependencia y marcharse cuando ya no conviene se llama evolución personal.
La primera prioridad política de cualquier sociedad que se tome en serio su futuro debería ser preguntarse en qué nos estamos convirtiendo en el trato que nos damos unos a otros. No como abstracción filosófica sino como pregunta urgente y concreta: ¿qué tipo de vínculos estamos construyendo? ¿Qué les estamos enseñando a los que vienen detrás sobre cómo se trata a una persona? ¿Qué queda de la idea de comunidad, de solidaridad, de responsabilidad afectiva hacia el otro, cuando la lógica dominante en las relaciones es la misma que rige el mercado de materias primas: extraer el máximo valor posible con el mínimo coste emocional, y desinvertir cuando el yacimiento se agota?
El extractivismo devasta territorios. Deja cráteres donde había ecosistemas, agua contaminada donde había vida, comunidades destruidas donde había cultura. El extractivismo emocional hace exactamente lo mismo, solo que los cráteres son interiores, el agua contaminada es la confianza que ya no se repone, y las comunidades destruidas son todas esas redes de afecto y pertenencia que se deshacen porque nadie quiso invertir en mantenerlas cuando exigían algo a cambio.
Necesitamos urgentemente otra conversación. No la del autocuidado como fin en sí mismo, que también; no la de los límites como escudo permanente contra el mundo, que también; no la de la autosuficiencia emocional como ideal de salud mental, que también. Sino, además, la conversación sobre el cuidado del otro, sobre la responsabilidad afectiva como práctica política, sobre la idea de que un vínculo no es una transacción sino una apuesta compartida por algo que ninguno de los dos puede construir solo. Sobre la diferencia entre protegerse del daño y blindarse contra la vida. Sobre por qué sostener a alguien cuando es difícil no es debilidad sino exactamente lo contrario: el único acto que de verdad nos distingue de las máquinas y de los mercados que nos están enseñando a ser.
La revolución pendiente no es tecnológica ni económica. Es relacional. Y empieza en la forma en que miramos al otro la próxima vez que deje de sernos útil. Así que es hora de que la izquierda comience a hablar de esto y a colocarlo entre sus prioridades, porque si no lo hace, no irá a ninguna parte. Bueno, sí, al basurero de la Historia donde yacen los restos de nuestros fracasos personales y colectivos.