Hay una disciplina en la política española en la que el Partido Popular se ha vuelto un auténtico maestro de categoría olímpica: la técnica de ponerse de perfil cuando la tormenta arrecia en casa. Ocurrió en el pasado con las crisis más sonadas de la formación y vuelve a ocurrir hoy con el serial inagotable del ático de la Comunidad de Madrid. Una trama con tintes de comedia de enredos donde la responsabilidad política, en lugar de asumirse, se diluye en un mar de excusas, reproches cruzados y balones fuera.
Isabel Díaz Ayuso ha vuelto a desplegar su ya clásico repertorio de escapismo político. En lugar de ofrecer explicaciones claras, transparentes y rotundas sobre la gestión y los entresijos del inmueble que rodea su entorno más cercano, la presidenta madrileña ha optado por la estrategia del chivo expiatorio, derivar las culpas hacia abajo, señalar a los conselleiros, o consejeros, del ramo y actuar como si las decisiones de su propio Gobierno fueran entelequias ajenas a su mando.
El problema de este número de magia es que la ilusión ya no cuela. Resulta inverosímil sostener un discurso basado en el liderazgo hiperbólico y el hiperpresidencialismo para, en el momento en que se pide rendición de cuentas, parapetarse en la ignorancia o en el fallo técnico del eslabón más débil de la cadena. Si para vender gestión se saca pecho en solitario, para asumir responsabilidades no vale esconderse detrás de los consejeros.
Pero más llamativo aún es el papel de la dirección nacional del partido. Génova observa el espectáculo en un silencio sepulcral, con una postura de «perfil bajo» que roza el equilibrismo. Alberto Núñez Feijóo, atrapado entre la necesidad de proyectar una imagen de solidez institucional y el temor a abrir una brecha interna con el barón más mediático de la formación, prefiere mirar hacia otro lado. El mantra de «tolerancia cero» y el discurso implacable que el PP aplica hacia los escándalos del adversario se disuelven como un terrón de azúcar cuando los focos apuntan a la Puerta del Sol.
Un partido que aspira a gobernar un país no puede permitirse la doble vara de medir como principio doctrinal. Acusar al rival con artillería pesada mientras se aplica la amnesia selectiva en casa erosiona la credibilidad de cualquier alternativa de gobierno.
Al final, la estrategia del escapismo tiene un límite. Se puede culpar a los consejeros, a la prensa o a la conspiración de turno, pero la acumulación de sombras termina por pasar factura. Ni el PP puede seguir poniéndose de perfil indefinidamente, ni Ayuso podrá seguir haciendo desaparecer los problemas con un mero truco de manos. Porque en política, cuando la niebla se disipa, lo único que queda a la vista son los hechos.