Farmear aura o el prestigio de no haber hecho nada

Un grupo de adolescentes forma un círculo en una plaza. En el centro, dos jóvenes se enfrentan sin tocarse, sin discutir y sin demostrar ninguna habilidad reconocible. Uno avanza despacio, ladea la cabeza, endurece la mirada y ejecuta una sucesión de gestos aprendidos en internet. El otro responde con movimientos parecidos mientras quienes los rodean ríen, graban, animan y deciden quién ha conseguido más «aura». No bailan, aunque se mueven; no interpretan, aunque actúan; no compiten en destreza, aunque uno de ellos terminará siendo proclamado vencedor. Aparentemente, no ha sucedido nada. Sin embargo, todos parecen convencidos de haber presenciado algo. Quizá esa sea la mejor representación de nuestro tiempo: una multitud celebrando con entusiasmo una importancia que nadie sabría explicar.

Lo llaman «farmear aura». La expresión procede del lenguaje de los videojuegos, donde farmear significa repetir determinadas acciones para acumular recursos, experiencia o puntos. El aura, en este nuevo vocabulario, representa el carisma, la seguridad, la presencia o esa cualidad indefinible que hace que alguien parezca interesante ante los demás. Farmear aura consiste, por tanto, en adoptar gestos, poses y actitudes con las que obtener simbólicamente puntos de admiración. Los puntos no existen, pero sí sus recompensas: miradas, risas, aplausos, seguidores, vídeos compartidos y, sobre todo, la sensación inmediata de pertenecer a algo. Oxford Languages incluyó la expresión entre las candidatas a palabra del año 2025 y la definió como la construcción deliberada de una imagen atractiva o carismática. Difícilmente podía encontrarse una definición más exacta de una época en la que ya no basta con vivir: también hay que producir una versión visible de la vida.

La popularidad mundial del fenómeno se relaciona con un vídeo de Rayyan Arkan Dikha, un niño indonesio de once años que bailaba con sorprendente serenidad sobre la proa de una embarcación durante una carrera tradicional. El muchacho mantenía el equilibrio, acompañaba el esfuerzo de los remeros y se desenvolvía con una naturalidad cautivadora. Había en aquella imagen una combinación real de gracia, seguridad, habilidad y contexto. Por eso llamó la atención. Después llegaron las imitaciones, las poses y las llamadas «batallas de aura», pero en muchas de ellas se conservó el gesto y desapareció todo aquello que le daba sentido. Primero admiramos una cualidad; después copiamos su apariencia y, finalmente, olvidamos que debajo de aquella apariencia había algo que aprender. Así funciona buena parte de nuestra cultura: reproduce los efectos visibles del talento mientras prescinde del largo proceso que permite alcanzarlo.

Conviene evitar, no obstante, la confortable superioridad de quienes creen que la extravagancia juvenil ha comenzado con TikTok. Los jóvenes siempre han hecho cosas incomprensibles para sus mayores y los mayores siempre han interpretado esas cosas como la prueba definitiva de que la civilización se aproximaba a su final. Hubo maratones de baile, concursos para introducir el mayor número posible de personas en una cabina telefónica, jóvenes que tragaban peces de colores, modas consistentes en permanecer sentados sobre un poste, carreras absurdas, tribus urbanas, desafíos colectivos y comportamientos cuya única finalidad parecía ser poder contarlos después. La tontería no nació con internet. Es una de las tradiciones más antiguas de la humanidad. La diferencia es que antes solía desaparecer con la tarde, mientras que ahora se graba, se difunde, se cuantifica y puede convertirse en identidad pública. La estupidez también ha progresado: antes era un instante privado; ahora puede aspirar a una audiencia mundial.

Tampoco es nueva la voluntad de parecer interesante. En 1528, Baldassare Castiglione publicó El cortesano y utilizó el término italiano sprezzatura para describir la capacidad de realizar algo difícil con una naturalidad que ocultase el esfuerzo empleado en dominarlo. El cortesano ideal debía conocer las armas, la música, la danza y la conversación, pero mostrar sus capacidades sin afectación, como si todo surgiera espontáneamente. La diferencia con el actual cultivo del aura es tan sutil como reveladora. La sprezzatura escondía el esfuerzo; el aura contemporánea corre el riesgo de sustituirlo. Antes se trabajaba durante años para que una destreza pareciese sencilla. Ahora puede bastar con reproducir la pose de quien alguna vez hizo algo difícil. Hemos pasado del arte de disimular el mérito a la tentación de obtener prestigio sin necesitarlo.

Las subculturas juveniles del siglo XX también crearon formas de vestir, lenguajes, gestos y ceremonias de pertenencia. Mods, punks, rockers, góticos, raperos o integrantes de la cultura hip-hop encontraron en el grupo una manera de distinguirse y construir una identidad. No todas aquellas manifestaciones fueron profundas ni admirables, pero muchas exigían algo más que presencia: había que conocer una música, dominar una estética, aprender a bailar, tocar un instrumento, escribir una letra o sostener una determinada visión del mundo. Una batalla de rap requiere lenguaje, ingenio y rapidez; una de breakdance exige entrenamiento, coordinación y resistencia. En cambio, algunas batallas de aura reducen la competición a la capacidad de imitar unos gestos que millones de personas ya han repetido. No se crea un código: se obedece. No se conquista una identidad: se descarga.

Algo parecido, aunque no idéntico, sucede con los therians, jóvenes que afirman identificarse psicológica, espiritual o mentalmente con animales y que, en algunos casos, utilizan máscaras, colas o se desplazan a cuatro patas durante sus encuentros. Sería injusto meter todas estas manifestaciones en el mismo saco, porque entre ellas hay juego, búsqueda personal, afición estética, necesidad de compañía y, a veces, convicciones identitarias más profundas. Sin embargo, sí comparten una función social: proporcionan rápidamente un nombre, un vocabulario, una apariencia y una comunidad. El therian puede decir «esto es lo que soy»; quien farmea aura parece decir «esto es lo que quiero que veáis». En ambos casos, el grupo ofrece desde fuera una respuesta para alguien que todavía está intentando construirse por dentro. Cuando una persona no sabe aún quién es, siempre aparece una comunidad dispuesta a proporcionarle una máscara.

La necesidad de pertenecer forma parte de la condición humana y se vuelve especialmente intensa durante la adolescencia. Necesitamos que alguien nos reconozca, que pronuncie nuestro nombre y que confirme que nuestra presencia importa. Lo inquietante no es esa necesidad, sino la industria construida a su alrededor. Las plataformas han convertido el deseo de ser visto en una fuente de ingresos y el algoritmo ha aprendido a premiar aquello que puede imitarse con facilidad. Una reflexión compleja exige atención; un oficio requiere años; una obra necesita paciencia; una pose puede reproducirse en unos segundos. Cuanto más superficial es un gesto, más personas pueden repetirlo y mayor es su capacidad de propagación. El sistema no selecciona necesariamente lo más valioso, sino lo más contagioso. Por eso la insignificancia no es un accidente de las redes: con frecuencia constituye su producto más rentable.

Al mismo tiempo, vivimos rodeados de una exhibición permanente de éxito. En las pantallas todos parecen triunfar. Unos cantan ante miles de personas; otros ganan fortunas jugando al fútbol, retransmitiendo partidas, bailando, viajando o mostrando su cuerpo. Aparecen empresarios adolescentes, artistas precoces, millonarios sin biografía e influyentes cuya principal obra consiste en influir. El esfuerzo permanece oculto cuando existe y se finge que nunca fue necesario cuando no existe. Frente a ese escaparate, la vida normal comienza a parecer un fracaso. Aprender despacio, trabajar sin aplausos, equivocarse, avanzar con dificultad o no poseer todavía ninguna capacidad extraordinaria se convierte en algo casi vergonzoso. Nunca fue tan fácil parecer excepcional ni tan difícil aceptar que todavía no se ha hecho nada para serlo.

Ahí se encuentra el verdadero significado del aura como fenómeno social. Quien no canta, no escribe, no compite, no estudia, no fabrica, no investiga y no domina todavía ninguna habilidad puede, al menos, representar que posee una presencia especial. Cuando ser alguien resulta demasiado difícil, siempre queda la posibilidad de parecerlo. No es necesario haber construido una personalidad si se conocen los gestos que la simulan. Tampoco hace falta desarrollar criterio cuando basta con repetir el lenguaje del grupo. El reconocimiento deja de ser la consecuencia de algo para convertirse en un fin independiente, y ese cambio no es inocente. El prestigio que no exige mérito tampoco concede verdadera dignidad, porque quien lo recibe sabe, aunque nunca lo confiese, que depende de una representación que deberá mantener.

Quizá deberíamos preguntarnos qué responsabilidad tenemos los adultos en todo esto. Hemos enseñado a muchos jóvenes que todos son especiales, pero no siempre les hemos explicado que llegar a serlo en algún sentido exige tiempo, disciplina, frustración y renuncia. Hemos confundido autoestima con aprobación permanente y protección con eliminación de cualquier dificultad. Algunos niños crecen en una vida organizada por adultos que anticipan sus necesidades, resuelven sus problemas, negocian sus consecuencias y procuran que ninguna experiencia desagradable altere su bienestar. Solo tienen que vivir, pedir y esperar. Después nos sorprende que busquen también un reconocimiento que no requiera esfuerzo. Quitar todas las piedras del camino no enseña a caminar; únicamente garantiza que la primera piedra resulte insoportable.

La educación tampoco puede eludir el debate. Hay magníficos docentes que cada día luchan contra la indiferencia, la falta de medios y una burocracia asfixiante, pero el sistema parece demasiado preocupado por exhibir estadísticas positivas y demasiado poco dispuesto a preguntarse qué hay detrás de ellas. Cuando se valora más la promoción que el aprendizaje, el fracaso no desaparece: simplemente deja de figurar en el boletín. Rebajar la exigencia puede mejorar un porcentaje, pero no mejora necesariamente a la persona. Corregir no es humillar; suspender no es abandonar; exigir no es maltratar. Una sociedad que teme señalar lo que está mal termina privando al individuo de la posibilidad de hacerlo mejor. El esfuerzo no garantiza el éxito, porque la vida nunca ofrece garantías, pero su ausencia sí limita profundamente aquello en lo que podemos convertirnos.

También hemos de reconocer que farmear aura puede ser una diversión inofensiva. Unos adolescentes se reúnen en una plaza, abandonan durante unas horas la soledad de sus habitaciones, ríen, juegan, conocen gente y hacen el ridículo juntos. No hay nada especialmente alarmante en ello. Incluso puede resultar saludable en una época dominada por las pantallas y el aislamiento. El problema no es que alguien pase una tarde imitando movimientos absurdos, porque todos hemos hecho cosas semejantes de una manera u otra. El problema comienza cuando la broma se convierte en aspiración; cuando la representación sustituye al aprendizaje; cuando la atención se confunde con respeto y cuando una sociedad adulta convierte aquel vacío en contenido, mercancía y modelo de éxito.

No podemos responsabilizar exclusivamente a los jóvenes de un mundo que no diseñaron. Fueron los adultos quienes construyeron las plataformas, perfeccionaron los algoritmos y levantaron una economía basada en capturar la atención. Fueron los medios quienes comenzaron a llamar «celebridad» a cualquiera que acumulase seguidores y las marcas quienes descubrieron que la popularidad podía pesar más que el conocimiento. Fuimos nosotros quienes eliminamos obstáculos, suavizamos consecuencias y prometimos que todo deseo merecía satisfacción. Los jóvenes no han inventado el escaparate: han nacido dentro de él. Si hoy algunos confunden ser vistos con ser valiosos, quizá sea porque llevan toda la vida observando cómo recompensamos precisamente eso.

Por esa razón, este artículo no debería terminar condenando a quienes farmean aura, sino interrogando a quienes hemos creado las condiciones para que necesiten hacerlo. No estamos ante una generación inevitablemente más necia que las anteriores, sino ante una sociedad que ha conseguido convertir la insignificancia en espectáculo y el espectáculo en una forma de prestigio. Hay comportamientos que no prueban falta de inteligencia, pero sí revelan una preocupante ausencia de algo mejor en lo que emplearla. El verdadero fracaso no consiste en que un joven ejecute gestos absurdos ante sus amigos, sino en que nadie le haya mostrado todavía el placer de aprender algo difícil, la satisfacción de dominar una capacidad o la serenidad de no necesitar un público para sentirse alguien.

Quizá la verdadera aura no pueda cultivarse, acumularse ni representarse. Tal vez sea la huella que dejan el carácter, la experiencia, el conocimiento y la forma de comportarnos cuando nadie está grabando. Todo lo demás puede ser apenas escenografía: una sucesión de movimientos destinados a convencer a los otros de una importancia que todavía no hemos conquistado. Y acaso la pregunta no sea por qué algunos jóvenes necesitan farmear aura, sino qué hemos hecho nosotros para que parecer alguien resulte más atractivo que el largo, silencioso y difícil trabajo de llegar a serlo.

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Soy Eduar Garza y te invito a pensar conmigo.

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