¿Quién dejó la pota al fuego en Ceuta?

Una crisis fronteriza, varios informes, mucha diplomacia y una receta política difícil de digerir.

Ceuta es una ciudad que no necesita demasiadas explicaciones para demostrar que las culturas pueden convivir. Basta con sentarse a la mesa: Mediterráneo, Andalucía, Magreb y una larga historia de intercambios aparecen mezclados con naturalidad. Allí conviven el cuscús, el pescado, los pinchos morunos o la chuparquía, como conviven sus comunidades y sus tradiciones.

La política española, sin embargo, ha demostrado estos días que mezclar no siempre significa integrar.

A finales de julio, decenas de miles de personas llegaron a Ceuta en una entrada masiva que desbordó la capacidad de respuesta de la ciudad. Semanas después, el Gobierno declaró la situación de interés para la Seguridad Nacional. Los informes policiales apuntaron a una entrada planificada y señalaron la actuación de agentes marroquíes facilitando el acceso. Desde el Ejecutivo se insistió en que no existían pruebas sólidas para atribuir a Marruecos una operación organizada de esa magnitud.

Y ahí empezó otro problema: el relato.

Porque puede que todo tenga una explicación. Pero en política hay una desgracia mayor que no tener una explicación: tener varias explicaciones que llegan en días diferentes.

El Gobierno ha hablado de inteligencia, coordinación, diplomacia, cooperación y dificultades de previsión. La oposición ha encontrado una formulación bastante más sencilla: no se anticipó la crisis.

La comunicación política tiene una regla poco amable: cuando el adversario puede resumir tu problema en una frase y tú necesitas diez párrafos para explicarlo, probablemente ya has perdido la primera batalla.

El ciudadano, además, no vive dentro de los informes. Mira lo que ocurre, escucha las versiones y extrae sus propias conclusiones. Y cuando percibe que las instituciones reaccionan después de los acontecimientos, la pregunta deja de ser quién tiene razón y pasa a ser quién estaba preparado.

Ahí está el verdadero problema de Ceuta.

Una frontera no se protege con adjetivos. Una ciudad no se tranquiliza con comunicados. Y un Estado no demuestra que está presente porque lo diga un ministro, sino cuando sus ciudadanos perciben que existe capacidad para anticipar, responder y controlar una situación extraordinaria.

La declaración de Seguridad Nacional puede ser necesaria. Los informes también. La diplomacia, imprescindible. Pero ninguna de esas herramientas sustituye a la confianza.

La batalla política no estará tanto en reconstruir lo ocurrido el 30 de julio como en convencer a los ciudadanos de que, si vuelve a suceder, alguien sabrá qué hacer antes de que sea demasiado tarde.

Ceuta ha demostrado durante siglos que es posible vivir en una frontera sin convertir la frontera en un conflicto permanente.

Quizá la política española debería aprender algo de esa ciudad: menos ruido, más previsión; menos explicaciones a posteriori, más capacidad de anticipación.

Porque al final todo se reduce a tres palabras: anticipación, control y confianza.

Lo demás son especias.

Y cuando huele a quemado, en Galicia sabemos que no hace falta convocar una comisión para averiguar que alguien dejó la pota demasiado tiempo al fuego.

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