Escritor y cronista gastronómico
El espléndido día de Verano de hoy, ya entrado el suave Otoño, o sea, 25 de Septiembre de 2026, día de cobrar la paga de la merecida jubilación, en La Solana siempre tiene el color del humo y la consistencia de un mal presentimiento que, milagrosamente, termina en risa.
Siete hombres —los llamaremos los Siete Magníficos, porque sobrevivir a la juventud y llegar a la jubilación con el cinismo intacto tiene algo de gesta heroica— se sentaron en torno a una mesa generosa en manteles, servilletas de tela y cómplice en cubiertos. En este rincón del mundo, donde la vida se mide por los tragos que faltan y no por los días que pasaron, nos reunimos para recordarle al destino que, antes de que nos lleve la corriente, pensamos almorzar, comer, como Dios manda.
El plato fuerte no era una simple vianda; era un ritual de iniciación tardía. Un cabrito al horno dorándose en su propio jugo, tierno como el primer engaño y crujiente como una promesa rota. Conviene, para el profano que lee esta humilde redacción gastronómica de Carlos Ramòn Brea Eiroa cronista viajero y gastronómico de 21noticias, aclarar la sagrada taxonomía de la cornamenta que distinguimos entre sorbo y sorbo.
No es lo mismo el cabrito que el cabrón, ni el castrón tiene el alma de la cabra:
No queda clase media, sólo un pasillo oscuro entre los de arriba y los de abajo. Hace ya medio siglo que los Gobiernos en España se convirtieron en un criadero de corruptos que despachan a España en el asiento trasero de un coche oficial, pero a los Siete Magníficos les importa un carajo. Ellos no han venido a salvar el país; han venido a comer.
Los Siete Magníficos sentados alrededor del asado, sus morales permanecen intactas, blindadas por una alegría salvaje y desesperada. Son hombres que saben que el mundo se va a pique, pero exigen que el naufragio los pille con la boca llena y el vaso limpio. Mientras los telediarios vomitan cifras de ministros que confunden el tesoro público con su propio bolsillo, en La Solana y el Mesón de Herves se brinda con un vino rojo y espeso, de ese que te mancha los dientes y te limpia la mala conciencia.
—Este cabrón murió en su ley —dice uno de ellos, limpiándose la grasa de la comisura con el dorso de la mano—, sin firmar un decreto ley ni pedir una comisión. Hay más dignidad en este plato que en todo el Congreso de los Diputados.
Las risas estallan, ruidosas y canallas, espantando a las moscas y al fantasma de la sensatez. La España de los despachos puede estar podrida hasta los cimientos, gobernada por canallas que llevan cincuenta años repartiéndose las migajas de un Estado corrupto, pero en esta mesa de La Solana nadie va a pedir perdón por estar vivo. Queda el cabrito, queda el vino y queda la certeza de que, al menos hoy, la única corrupción permitida es la del paladar.
No queda clase media, sólo un pasillo oscuro entre los de arriba y los de abajo. Hace ya medio siglo que los Gobiernos en España se convirtieron en un criadero de corruptos que despachan la Patria en el asiento trasero de un coche oficial, pero a los Siete Magníficos les importa un carajo. Ellos no han venido a salvar el país; han venido a comer.




El Mesón de Hérves, de la calle Fontán, en La Coruña, ese refugio coruñés donde la luz entra de perfil, cansada, como pidiendo disculpas por iluminar un mundo que ya no merece la pena. El mantel tiene la solera de las verdades que no se confiesan y la mesa está gobernada con una precisión de cirujano.
Allí oficia Jaireu el proactivo dominicano, un camarero que te adivina la sed antes de que abras la boca, secundado por una camarera de mirada atenta que maneja los tiempos y la comanda como si el reloj se hubiera inventado sólo para nosotros. A su lado, el seleccionador de vinos jefe de sala y barra despliega botellas que guardan secretos más viejos que la democracia, sirviendo el trago exacto para cada envite del destino.
Al final, cuando la tarde empieza a pesar en los párpados y la barra del bar se llena de sombras, uno levanta la copa vacía hacia el techo, dando unas gracias mudas e infinitas a la santa Naturaleza. A esa tierra vieja y sabia que, ajena a las miserias de los hombres públicos, todavía tiene la generosidad de brindarnos semejantes viandas, comidas y bebidas con las que ahogar el desengaño. Los Gobiernos pasarán, los corruptos envejecerán en sus poltronas de impunidad, pero el milagro del monte, el vino en el vaso y la complicidad de los amigos en un rincón alegre de La Coruña seguirán siendo la única Patria que vale la pena defender.
Está es, querido lector, la auténtica Dolce Vita.
¡Vivela como si no hubiera un mañana!