Pagar el santiaguiño a precio de zafiro: el timo normalizado del marisco gallego «según mercado»

Cronista gastronómico

Ya andamos a vueltas, otro año más, en esta primera semana de octubre de 2026, con la obsesión de este marisco. ¡Mirad lo que nos acaba de entrar por la puerta!

Nuestro director del diario digital 21Noticias nos ha invitado a degustar una ración por barba en un conocido restaurante, acompañada de un vino godello de la casa y un entrante de cortesía: un trocito de empanada gallega de zamburiñas. Ya ha abierto la veda de los santiaguiños.

Para los que no lo conozcáis, es uno de los mariscos más exclusivos y con más sabor de toda Galicia. Es exclusivo por el precio desorbitado que le imponen debido a la escasez del producto. Este, me cuentan, viene directo de la lonja de Malpica (A Coruña). ¡Una auténtica joya del mar! Su carne es súper firme y sabe a gloria bendita, aunque a mí personalmente me gusta más el bogavante azul de O Grove.

Ya sabéis que la temporada dura muy poquito, así que no tardéis en pedir mesa y preguntad antes si tienen este material… ¡si queréis pasar por el aro del precio abusivo! El pirateo de las tarifas lo marca el mesonero al ver la pinta de paganini del que entra en su local, amparándose en el engaño clásico del «según mercado».

Para orientaros con mi experiencia en este timo normalizado, una ración para compartir (de unos 300 a 400 gramos) os costará entre 55 € y 70 €. Esto suele incluir entre 5 y 6 piezas medianas. La de la foto es una ración doble, es decir, de 100 euros en adelante, o lo que se le ocurra al del bar.

¿Por qué se llama santiaguiño?

Al santiaguiño se le llama así porque las protuberancias y espinas de su caparazón forman un dibujo que recuerda a la Cruz de Santiago (Scyllarus arctus), especialmente visible tras la cocción. El diminutivo hace referencia a su reducida longitud, que suele medir entre 5 y 15 centímetros. El santiaguiño no es un marisco; es una declaración de quiebra con caparazón que se sirve en plato de loza.

Escenas de barra: el pardillo de diseño y la «dolorosa»

Estábamos muy tranquilos esperando nuestra tajada marisquera cuando vi entrar en el local a uno de esos tipos que llevan la cartera blindada y el juicio a la intemperie. Venía acompañado de una señorita despampanante, con el pantalón más apretado que los tornillos de un submarino y una blusa que sujetaba lo justo. Un dandi de diseño, con gomina de importación y esa sonrisa flotante de quien cree que el dinero le otorga inmunidad diplomática frente a la picaresca gallega. Pidió una buena ración de santiaguiños con la suficiencia del que encarga un paquete de tabaco, sin saber que en ese preciso instante el camarero ya estaba calculando la entrada para el piso de su hija.

El santiaguiño tiene un aspecto prehistórico, feo como un pecado sin confesar, pero cotiza a precio de uranio enriquecido. Cuando llegó la dolorosa, el hombre no palideció, se desintegró en la silla. Pagó una auténtica burrada por media docena de bichos que caben en la palma de la mano. Se marchó masticando el crujido del dinero quemado, convencido de que había degustado estatus, cuando en realidad sólo había financiado las vacaciones de toda la estirpe del hostelero.

El buen hombre, que goza de los placeres de la linda muchachita, siempre sonriente y coqueta, entró con la suficiencia de quien confunde el saldo de la cuenta corriente con la estatura moral. Tenía los dedos blandos de no haber doblado el lomo y la mirada limpia de los que todavía creen que el banco es su amigo. Pidió los santiaguiños con la misma alegría con la que un aristócrata arruinado solicita la guillotina, sin mirar la letra pequeña de la carta.

El camarero, un tipo con más noches de barra que el propio diablo, le trajo el plato. Allí estaban los bichos, acorazados, oscuros y tirando a anaranjados. Parecían salidos de una pesadilla de Kafka o de un charco de gasoil, pero al precio de un zafiro de Madagascar. El pardillo los devoró con la prisa ansiosa del que quiere demostrar que es feliz pagando el impuesto de sucesiones en vida. La acompañante pidió un Aquarius y una ensalada de aguacate con plátano macho frito, disfrutando de cada bocado ajena a que cada crujido de caparazón restaba tres meses de hipoteca.

La tragedia llegó con el café, en ese papelito doblado que los camareros entregan con la misma solemnidad con la que un ujier te comunica que te han expropiado hasta los recuerdos. El hombre abrió la cuenta y se le quedó la cara del que ve a su suegra salir viva de un naufragio. Los números daban vértigo. Hay hombres que pagan la cuenta sólo para demostrarle al camarero que pueden permitirse el lujo de ser desplumados sin llorar. Mañana, cuando regrese a su gris existencia y descubra que el banco le devuelve los recibos del gas, recordará el sabor del santiaguiño. Y comprenderá, demasiado tarde, que el marisco es el único bicho que sigue devorándote por dentro mucho después de haber pasado por la cazuela.

El santiaguiño es, querido lector que lees mis crudas o cocidas —y recocidas a veces— crónicas, ese insecto prehistórico con ínfulas de aristócrata que se cotiza a precio de riñón en el mercado negro del colesterol.

¡Feliz comienzo de temporada! El dandi canoso con michelines y la muñequita de ébano ya han tenido que aguantar años a sus respectivas familias, bostezando aburridos delante de la televisión, pero hoy tendrán para ellos solos, por fin, una noche de show especial, tal vez con jacuzzi, vela aromática sensual y cava.

A vivir, que son dos días…

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