Los hosteleros callan, la basura se acumula y la culpa siempre es de los otros. Por David Otos

Es curioso el gremio hostelero. Se pasan la vida llorando por las normativas, quejándose de las sanciones, exigiendo ayudas y llamando inquisidores a los que solo piden que se cumpla la ley. Claman al cielo cuando cierran un local por ruido, cuando la policía irrumpe en una redada, cuando los vecinos, hartos de no dormir, se organizan y exigen al Concello que ponga orden.

Pero hay algo que nunca hacen. Nunca denuncian a los que realmente ensucian su negocio. Nunca señalan a los que juegan sucio, a los que incumplen aforos, a los que permiten que en sus baños corra la droga, a los que convierten cada madrugada en un campo de batalla de peleas, gritos y cristales rotos.

Hablan mucho de que la hostelería está en peligro. Pero callan cuando la amenaza no viene del Ayuntamiento ni de los vecinos, sino de su propia casa. El Orzán, la selva sin ley Miremos el Orzán, que en teoría es una de las zonas más importantes del ocio nocturno de A Coruña. Allí hay de todo: bares que cumplen, locales bien gestionados, empresarios que entienden que hacer dinero no significa convertir la calle en un estercolero. Pero también están los otros , los que no entienden de civismo, los que funcionan como territorio comanche donde todo vale y nada se controla.

Cada fin de semana, pelea.
Cada fin de semana, redada.
Cada fin de semana, denuncias.

Un espectáculo que se repite sin que nadie en el sector mueva un dedo para denunciarlo. ¿Dónde están los hosteleros que dicen querer dignificar la profesión? ¿Por qué nadie exige que los infractores, los que convierten el Orzán en una versión barata del Bronx, cierren de una vez?

Porque no interesa. Porque señalar con el dedo a los malos hosteleros significaría reconocer que la hostelería tiene un problema dentro de su propia casa. Y eso no vende bien cuando lo que se busca es dar pena y pedir más ayudas. El enemigo es siempre el otro Si uno escucha a los hosteleros, el culpable de todo esto es siempre el mismo: el Ayuntamiento. Son ellos los que “persiguen” al sector, los que “no dejan trabajar”, los que “ponen multas injustas”. Pero si cada semana hay peleas, si cada redada saca droga de los bares, si cada operativo se salda con sanciones a locales reincidentes, igual el problema no es que se apliquen las normas. Igual el problema es que hay demasiados bares que nunca han querido cumplirlas .

Los hosteleros que sí hacen las cosas bien deberían ser los primeros en exigir limpieza dentro del sector. Porque cada vez que un pub sin insonorizar echa a la gente a la calle a gritos a las cinco de la mañana, cada vez que un bar se convierte en un punto de trapicheo, pierden ellos también . Porque la imagen que queda es la de una hostelería que vive al margen de la ley, que desprecia la convivencia, que solo quiere vender copas sin preocuparse de las consecuencias.

Pero prefieren callar. Prefieren mirar hacia otro lado. Y luego, cuando la situación se hace insostenible y llega la sanción, sacan la bandera del “nos persiguen” y piden reuniones urgentes con la alcaldesa. Si no limpian su propia casa, que no esperen respeto La hostelería es clave para A Coruña. Nadie lo discute. Pero no todo vale. Y si los propios hosteleros no son capaces de exigir un mínimo de decencia dentro del sector, si van a seguir protegiendo a los que convierten la ciudad en un lodazal de ruido, peleas y trapicheos, entonces que no esperen respeto .

Porque respetar la hostelería no significa tragar con todo. Y quienes de verdad quieren defender el sector deberían empezar por dejar de encubrir a los que lo están pudriendo desde dentro.

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