El mantra de que «no hay crisis en el Deportivo» se sostiene tan precariamente en el césped como una portería sin anclajes: apenas dos puntos cosechados de doce posibles. La «ausencia de crisis» es, curiosamente, inversamente proporcional a la palpable falta de intensidad en los dos últimos encuentros jugados fuera de Riazor y a un talento que, a estas alturas de la película, prefiere quedarse en el vestuario.
Naturalmente, la situación ha germinado en el previsible rosario de justificaciones por parte del inquilino del banquillo, Sr. Hidalgo. Tras las últimas gestas, el técnico ha desenterrado el venerable argumento de la «mala suerte». Con todo el respeto que merece, se le ruega encarecidamente autocrítica y que se abandone el repertorio de «milongas» y elocuentes peros. La suerte es un capricho; la intensidad, un mandato innegociable; y la lectura del partido, una obligación.
El Deportivo saltó al terreno de juego, tanto en Málaga como en Santander, con una laxitud que se paga al contado. Haciendo un análisis de minutaje casi quirúrgico, el equipo se dignó a competir en la primera parte contra el Racing de Santander, unos pírricos 17 minutos, y en la segunda, 23. Total: cuarenta minutos de esfuerzo. Señor Hidalgo, los partidos en esta división se extienden hasta el minuto noventa. Cuando el «talento» no se digna a materializarse o sencillamente no «carbura» al nivel que se le supone a un aspirante al ascenso directo, el equipo muta instantáneamente en un conjunto «normalito», uno más del montón.
La verdadera crisis no se esconde en la tabla de clasificación, sino en la intensidad ausente y, peor aún, en el discurso que se empeña en blanquearla. La valentía en fútbol no solo está sobre el terreno de juego, está en saber admitir que el responsable del banquillo ha tomado decisiones tarde, no pasa nada por reconocerlo, eso se llama autocrítica que sirve para no caer en los mismos errores. La mala suerte no marca goles, ni suma puntos, pero sí la lectura adecuada del partido.
Mañana, el encuentro contra el Valladolid se erige como la ineludible piedra de toque para determinar si el Deportivo ha logrado superar la clásica «pájara» de la temporada. El duelo no podría ser más dramático, el cuarto clasificado contra el séptimo, separados por un solo punto de distancia. Este partido exige al equipo coruñés una demostración de vida, una que vuelva a ilusionar a su parroquia y, de paso, certifique su supuesta candidatura al ascenso directo.
Para lograr tal hazaña, el RC Deportivo deberá pisar el césped de Riazor con una intensidad de Champions y una competitividad sin fisuras desde el pitido inicial, justo lo que exige la categoría y los deportivistas, garantizando que los tres puntos no se evaporen.
Mañana, sobre el terreno de juego del estadio municipal de Riazor, esperemos ver el talento que tanto necesita el equipo. El Depor lo tiene de sobre: Yeremay y Mella marcan la diferencia en la categoría.
Fotografía. RC Deportivo
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