Feijóo y el noble arte de la «trola»: un ‘bestseller’ esperando autor

En Galicia somos muy de poner motes, es una verdad como un templo. Que si el del bar es «O Coxo» aunque corra más que nadie, o el vecino es «O Chispas» porque una vez cambió una bombilla, «O Neblina» porque nunca se sabe muy bien por dónde anda, «O Seteveos» porque habla muchísimo, promete de todo, pero cuando hay que buscarlo para que cumpla, no lo ve ni el «Tato». Así que a nadie le extraña que a Alberto Núñez Feijóo algún iluminado con retranca gallega le haya colgado el cartel de «El Trolas». Y es que el hombre, cada vez que abre la boca, parece empeñado en que la oposición le escriba un libro de memorias que, las cosas como son, en las librerías de la competencia sería un auténtico bestseller.

Si algún escritor tuviese una tarde libre para recopilar sus mejores «grandes éxitos», el primer capítulo tendría que ir dedicado, por fuerza, a los famosos floteles de Pemex. Corría el año 2012 y el panorama en los astilleros gallegos estaba más negro que el carbón. Pero llegó don Alberto con su capa de superhéroe de los contratos y anunció a bombo y platillo que la petrolera mexicana iba a llenar Navantia y Barreras de carga de trabajo. Aquello iba a ser la edad de oro del naval gallego. Al final, los floteles pasaron de largo, Pemex se fue por donde vino y el sector naval se quedó compuesto y sin barcos, pero eso sí, con una promesa incumplida de las que hacen época.

El segundo capítulo bien podría titularse «Shakespeare en Os Peares«. A todos nos ha conmovido esa explicación casi poética de por qué el líder del PP no termina de aclararse con el inglés: resulta que en la escuela rural de su infancia no daban el idioma de Shakespeare. Claro que sí. El argumento sería impecable si no fuera porque medio país se crió en pueblos y aprendió inglés a base de academias, esfuerzo o, como mínimo, poniéndose las pilas al llegar a la edad adulta. Pero para Alberto es más cómodo culpar al entorno rural que confesar que el listening se le resiste. Sin olvidar que, a los diez años se fue a León a estudiar al colegio de los Maristas.

Tampoco podría faltar en esta antología su particular idilio con el AVE a Galicia. Hubo una época en la que Feijóo ponía fechas de llegada del tren de alta velocidad casi en cada trimestre, como quien da el tiempo en Televisión. Si se hubiesen cumplido la mitad de sus plazos ministeriales y autonómicos, los gallegos llevaríamos viajando a Madrid a 300 km/h desde el siglo pasado.

Tiene gracia que Feijóo hable de democracia y transparencia. Si quieren saber lo que es eso de verdad, que pregunten en las redacciones de la TVG y la Radio Galega. La mayoría de los trabajadores, los de fverdad, no los comisarios políticos, llevan una eternidad vistiendo de luto en sus «Venres Negros» para denunciar el control y la manipulación informativa. Allí la libertad de expresión cotiza tan cara que, al que protesta, le cae encima la guillotina laboral sin miramientos.

Y para rematar la faena, al igual que «O Seteveos», su celebrado viaje a la política nacional, donde prometió que venía a Madrid a «unir» y a practicar una política de «moderación y centralidad». Al final, entre pactos de gobierno con la ultraderecha y discursos que harían sonrojar al ala más dura de su propio partido, la moderación gallega se quedó guardada en la maleta en la estación de Chamartín.

En fin, que entre barcos fantasma y excusas escolares, el hombre se ha coronado como el campeón indiscutible de las promesas que se lleva el viento. Habrá que ver si algún autor se anima a recopilar tanta bufonada; material hay de sobra para reír por no llorar.

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