La señora Ione Belarra, con la soberbia de quien cree que el mundo empezó el día que se miró al espejo por primera vez, ha sentenciado: “Los gallegos no tienen fama de graciosos”. Y lo ha dicho con la misma expresividad de un cactus seco y el mismo don para la comedia que un rescate del FMI.
Se ve que en Podemos, además de hundir el partido más rápido que el Titanic, han decidido repartir carnés de humor. Que ellos son la referencia del chiste y la carcajada, no hay duda: desde la idea de Yolanda Díaz como líder hasta Pablo Iglesias jugando a ser periodista, su historia está llena de gags desternillantes. Pero claro, para esta élite progresista que confunde una broma con un panfleto, la gracia debe ser soltar monólogos rancios en Lavapiés o hacer chistes sobre Rajoy en una asamblea feminista.
Galicia, tierra de Castelao, de la retranca, del sarcasmo esculpido en piedra desde tiempos de los celtas, donde nos reímos hasta del Apóstol si se tercia, resulta que no tiene fama de graciosa. Lo dice alguien cuya vida pública ha sido una tragicomedia de caídas en picado, de discursos prefabricados y de frases con la chispa de un electrodoméstico apagado.
¿Qué hacemos entonces con Manuel Manquiña, con Touriñán, con Rober Bodegas, con Xosé A. Touriñán, con todos esos cómicos que llevan años haciendo reír dentro y fuera de Galicia? ¿Les mandamos a un cursillo intensivo en Podemos para que aprendan a hacer gracia como Dios manda? ¿O mejor les pedimos que añadan a sus guiones el “es con perspectiva de género” al final de cada chiste, para que sea aceptado en los círculos del progresismo de sofá?
El problema de Belarra y de tantos como ella es que confunden el humor con la condescendencia. Creen que reírse es una cuestión de estatus, de pertenencia al club de los iluminados, de hablar como si te diera asco el resto del mundo. Y claro, la retranca, el humor sutil y corrosivo, ese que te desarma sin levantar la voz, no lo entienden. Se les escapa. Porque hay que tener inteligencia para apreciarlo.
Así que, señora Belarra, siga usted con su comedia de saldo, con sus discursos de cartón, con su incapacidad para distinguir una broma de una sentencia inquisitorial. Aquí, en Galicia, seguiremos sin fama de graciosos. Pero, eso sí, al menos no hacemos reír por patéticos. Eso ya lo hacen otros.