@jsuarez02111977
Hace años que conozco a Lorenzo. Siempre lo veía como se ve a los viejos supervivientes de una guerra que no está en los libros: con un vaso a medio beber, una sonrisa torcida y los recuerdos pegados al paladar. Pero nunca me había sentado con él a hablar en serio. Y aquella tarde, frente a frente, en una mesa oscura, lo que empezó siendo una conversación se convirtió en otra cosa: la confesión de un hombre que abrió una puerta al lado más sucio y fascinante de A Coruña de los noventa.
El Tatraplán nació en 1991 y abrió el 22 de diciembre, fecha de loterías y villancicos. Aquel bajo no regalaba premios, regalaba noches en las que el tiempo se desangraba a base de copas. El nombre era una rareza sacada de un coche checoslovaco que nadie conocía. Tanto que, después de la caída del muro, una pareja del Este se detuvo bajo el cartel, sacó una foto y se emocionó como quien se encuentra una tumba olvidada.
Lorenzo tenía veinticuatro años, una edad en la que uno cree que puede morder el mundo y tragárselo sin masticar. No sabía de negocios, pero sí de calles. Estudió el terreno como se estudian los escenarios del crimen: de noche, contando pasos y cabezas. Y la conclusión fue simple: la gente pasaba por la calle del Sol. Allí levantó su fortaleza de humo y ruido. El alquiler: menos de cien mil pesetas. El destino, escrito con la tinta negra del tabaco y el ron.
El rock llegó por accidente, como llegan siempre las cosas que terminan marcando una vida. Julio, un viejo camarada del Velvet, apareció con vinilos bajo el brazo. “Aquí se pincha rock, y punto”. Fue una sentencia, y el bar se llenó de guitarras, de gritos, de neveras que se vaciaban cada noche como cadáveres desangrados. A medianoche ardía la barra. Copas de tubo: tres hielos, un chorro de alcohol y a la garganta. Nada de adornos. Aquello era pólvora líquida.
No había ley. Ni licencias, ni Seguridad Social, ni papeles. Nadie los pedía. Nadie los quería. Se servía, se cobraba y se sobrevivía. La ciudad entera lo sabía y nadie decía nada. Pandillas de veinte o treinta bajaban desde los pueblos como bandas organizadas, se dejaban la paga y se largaban con el amanecer entre los dientes.
Y no solo eran las copas. La máquina de tabaco también funcionaba como un negocio paralelo. Winston de contrabando: se compraba a 150 pesetas y se vendía a 300. Doblar el dinero sin despeinarse. Hoy, en cambio, los hosteleros apenas arañan unos céntimos por cajetilla; un margen ridículo, una broma pesada si lo comparas con aquel tiempo en que cada paquete era un lingote disfrazado de cartón.
El bajo tenía más vidas que un maldito gato. Antes de convertirse en bar, había sido un lugar donde se recogía papel: lo llevabas, lo pesaban y te daban unas monedas por lo entregado. A eso hoy lo llaman reciclaje. Entonces no había palabras bonitas: era pura supervivencia. Más tarde, cuando abrieron el Hostal Sol, la excavación en el suelo de arena movió el edificio del Lautrec. Y el Tatraplán, como un boxeador viejo, encajó el golpe: una pared se desplazó, la policía acordonó la zona y hubo que apuntalarlo. Durante años la gente bebió bajo vigas de hierro que parecían sostener tanto el techo como la propia noche.
Y en medio de todo esto, un detalle grotesco: el bajo pertenecía al abuelo de Nadia Calviño. Sí, la ministra de Economía que hoy juega en Bruselas a las finanzas. En los noventa era solo una pija que pasaba las vacaciones en Coruña. Nunca entró. El bar le producía repulsión. Demasiado humo, demasiado ruido, demasiado rock. Así que Lorenzo salía a la calle con la renta en la mano para pagarle al abuelo de la futura ministra, mientras dentro tronaban AC/DC y los Stones. Dos mundos enfrentados en un mismo portal: la mugre y la pulcritud, la noche y la política, el ruido y el silencio.
Montar un pub entonces era como abrir una caja de seguridad. La trampa no estaba en revenderlo: estaba en la barra. Se sacaba cinco veces el margen de lo que se vendía. Puro negocio. Y una buena noche daba lo que ahora se factura en un mes. El dinero entraba sucio, caliente, con olor a tabaco y ginebra. Y se gastaba igual de deprisa.
El Tatraplán fue un fogonazo en mitad de los noventa. Un bajo oscuro, apuntalado, lleno de humo y de juventud que no pedía permiso. Lorenzo lo dejó para quedarse con el TatraBis, pero la leyenda ya estaba escrita.
Hoy, escuchándolo, siento que todavía resuenan las guitarras bajo aquellas vigas oxidadas. El eco de vasos de tubo, cajetillas de contrabando, billetes doblados en la mano de un chaval que nunca creyó en la palabra “imposible”. El Tatraplán no fue un bar: fue un crimen perfecto contra la rutina, un agujero negro donde la ciudad se dejaba la piel cada noche.