El salón de plenos se convirtió en una auténtica jaula de grillos. Entre el estruendo de los vecinos que protestaban por la moción de censura, la concejala María Reigosa recibía todo tipo de «letanías» y «calderilla» desde el público. Pero, en medio de ese caos, surgió la jugada inesperada: un micro abierto que traicionó al Alcalde.
Escuchar una de las palabras mas graves e hirientes que se pueden salir de la boca de un regidor, no solo suena a derrota, sino que lo descalifica como persona. Como alcalde, hace tiempo que perdió los papeles. Como escribí ayer, Pedro Sánchez no llegó a presidente ungido por el Espíritu Santo; llegó con una moción de censura y un pacto difícil de entender, pero así es el juego democrático. El resto es gritar, ya sea desde un bando o desde el otro.
Por lo visto, Lugo posee el clima ideal para la generación espontánea: solo aquí brotan plataformas al calor de cualquier interés de turno. Entre el eslogan de ‘Transfuguismo No, Democracia Sí’ y los nuevos apóstoles de ‘Salvemos Lugo’, asistimos al patetismo de manual en una ciudad que, de tan tranquila, se entretiene discutiendo el bien y el mal mientras el circo crece.
Pero, ¡ay!, la pregunta del millón: ¿dónde guardaban sus carnés de demócratas durante el ‘affaire’ José Tomé? ¿En qué remota batalla estarían nuestros actuales salvadores? Lo de ayer no fue un pleno, fue una traca de hipocresía que sonroja a las y a los luceses. Las y los lucenses dictaran sentencia en mayo del 2027, sin alborotar, en el lugar donde se emite juicio, las urnas en las elecciones municipales.
El Evangelio según San Jesús: De las «Treinta Monedas» al Mandarinato en Liquidación
Hay que reconocerle a la política lucense una capacidad cinematográfica que ya quisiera para sí Martin Scorsese. Ayer, en el último pleno antes de la moción de censura, asistimos al clímax de una obra que lleva cuarenta años en cartelera. El protagonista, Jesús Vázquez, el eterno líder de una Federación de Vecinos que siempre pareció más un brazo armado de la estrategia institucional que un grupo de señoras pidiendo farolas, se desgañitaba pancarta en mano. «Judas se vendió por treinta monedas», rezaba el cartel.La ironía es tan gruesa que se podría cortar con un cuchillo de mesa.Para entender la ira de Vázquez, hay que viajar a los años de la «Operación Arca de Noé» de Francisco Cacharro. Aquello no fue un fichaje, fue una migración en manada. Los alcaldes de Coalición Galega (los Mato, los Muiña, los Acal) descubrieron de pronto que el sol brillaba más fuerte bajo el ala de la Diputación. Y allí estaba el joven Vázquez, significadísimo protagonista de aquel transfuguismo coral, esperando que el generoso manto de Alianza Popular cubriera también sus aspiraciones.Pero el destino es caprichoso. Mientras los alcaldes recibían el bastón de mando perpetuo, Vázquez recibió el silencio. Aquella «inmensa contrariedad» —la de quedarse sin coche oficial mientras sus compañeros de siglas estrenaban despacho— fue el Big Bang de su actual existencia. Al verse ninguneado por el PP, decidió que si no podía ser el rey del castillo, sería el dueño del foso.Y así nació el Mandarinato Vecinal.Con la bendición (y los fondos) de un PP que quería exterminar al nacionalista Camilo Gómez Torres, Vázquez construyó su propia administración paralela. Pero cuando el PP dejó de serle útil, el mandarín aplicó la lógica del mercado: si en un sitio no me dan el puesto que merezco, me llevo el invento a la acera de enfrente. Y así, la Federación que nació para servir a la derecha terminó siendo el búnker pretoriano de un PSOE que le permitió manejar subvenciones inconfesables y sentarse a la mesa de los mayores sin haber sido votado jamás.Ayer, ver a Vázquez gritando «traidor» a quien ha replicado —a escala diminuta y casi artesanal— la misma jugada que él protagonizó en los 80, fue el cierre perfecto del círculo. Le duele la traición, dice. Pero lo que le duele es el espejo. Le escuece que el mismo truco de magia que lo encumbró a él como «señor del tejido social» sea el que hoy le arrebata el control del cortijo.Vázquez no está furioso por la ética democrática; está furioso porque su puesto de mando se extingue. La rabia que mostró ayer no es la de un ciudadano indignado, es la de un profesional de la influencia que ve cómo se le acaba la pólvora del rey. Treinta monedas le parecen pocas a quien lleva décadas cobrando en la moneda más cara de todas: la del poder que no rinde cuentas.Se baja el telón. El mandarín se queda sin palacio, pero nos deja una última lección de lucensismo puro: en política, el único Judas que molesta es el que no te invita a la cena.