El espejo roto del Congreso: León XIV reparte bofetadas sin sotana

Hay momentos en la televisión que valen más que una legislatura entera. Hoy, lunes, mientras el Papa, León XIV pronunciaba ante las Cortes una verdad de esas que no admiten rebajas: la vida humana jamás debe ser tratada como mercancía”, el realizador del Congreso estuvo fino. Enfocó la bancada de Vox. La cara de Santiago Abascal y de sus tres parlamentarios contiguos era, sencillamente, un poema. Un retrato en alta definición de la incomodidad absoluta.

Sabían perfectamente que el dardo del Pontífice iba teledirigido a la línea de flotación de su flotilla ideológica, esa «prioridad nacional» que deshumaniza al migrante y convierte el derecho a la existencia en una cuestión de fronteras y papeles. Sentirse señalados con el dedo de la moralidad cristiana por el mismísimo sucesor de Pedro, ante todo el país, debe de escocer. Sobre todo, cuando gran parte de tu granero de votos se santigua antes de ir a las urnas.

Pero el discurso de León XIV no se quedó en la frontera. Fue una enmienda a la totalidad a la cochambre en la que se ha convertido la política española, un ecosistema donde el fango cotiza al alza. El Papa lanzó un serio y severo aviso a navegantes contra quienes han hecho del bulo, la desinformación y la mentira digital su única estrategia de supervivencia. Una toxicidad diseñada quirúrgicamente para que cale en los más jóvenes a golpe de algoritmo y odio de consumo rápido.

Ante este baño de realidad, la respuesta del Partido Popular, que avala la prioridad nacional donde necesita ayuda de VOX, fue el enésimo ejercicio de equilibrismo e hipocresía. Los de Feijóo se apresuraron a aplaudir con entusiasmo, pretendiendo vender el discurso como un aval a su supuesta moderación. Para el PP, las palabras del Papa eran una llamada al respeto institucional y un manual de buenas maneras frente a la crispación. Hay que tener la cara de cemento armado. El mismo partido que baja al barro cada semana, que estira el chicle del insulto hasta la náusea y que alimenta las mismas terminales mediáticas del bulo cuando le conviene, pretende ahora vestir el traje de la cordura porque el Papa pide educación en el patio del colegio.

León XIV no dejó a nadie indiferente porque no vino a hacer diplomacia de salón; vino a poner un espejo frente al Congreso. Un espejo que refleja a una extrema derecha descolocada por su propio referente moral, a una derecha tradicional que confunde el debate de altura con la puesta en escena, y a una izquierda que aplaude el talante social del Vaticano, mientras esconde bajo la alfombra su laicismo de quita y pon.

El Papa se fue del Congreso con las bendiciones apóstolicas de un discurso, que puso en su sitio a los partidos políticos. Sus señorías se quedaron allí, con los pendientes puestos, pero con la careta completamente levantada.

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