La crisis de Ceuta no permite el regate corto ni la rentabilidad electoral

La derecha y la extrema derecha parecen frotarse las manos olvidando la lealtad institucional que no admite siglas cuando lo que está en juego es la soberanía nacional. En el cálculo cortoplacista de la política de trincheras, una crisis de Estado de la magnitud de la que atraviesa Ceuta se percibe antes como una grieta en la armadura del Ejecutivo que como una emergencia nacional. El conflicto fronterizo se convierte así en la coartada perfecta para alimentar el discurso del enfrentamiento y el desgaste sistemático, obviando un principio elemental, cuando la integridad de España se tambalea, la obligación de arrimar el hombro no es exclusiva de Moncloa, sino de la representación parlamentaria en su conjunto.

Hacer oposición destructiva sobre una brecha de soberanía deja al descubierto las vergüenzas de quien la practica. El verdadero patriotismo no se mide por la anchura de la bandera en la muñeca ni por el volumen de la oratoria parlamentaria, se demuestra en la responsabilidad de Estado cuando la coyuntura exige cerrar filas. Dejar solo al Gobierno central frente a una embestida exterior para capitalizar el desgaste político no es una estrategia de alternativa de gobierno, es una dejación de funciones constitucionales.

El guion mediático está ya escrito. La maquinaria de amplificación señalará a Pedro Sánchez como único responsable de un escenario volátil que ha cogido a todos con el paso cambiado, utilizándolo además como una oportuna cortina de humo para sofocar otros frentes incómodos, desde la investigación sobre el ático de Ayuso hasta la erosión de los pactos territoriales VOX/PP.

Sin embargo, en momentos de zozobra, la defensa de la nación no puede supeditarse a unas siglas partidistas. España somos todos o no es nadie. La ciudadanía sabrá diferenciar pronto entre los políticos con altura de miras que responden al desafío y aquellos que pretenden cobrar peaje electoral a costa del equilibrio del país.

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