Frotarse los ojos ante resultados educación española!

Jesús Antonio Rodríguez Morilla

Los contrastes entre los debates actuales sobre los Informe PISA y los recuerdos de infancia sobre la importancia de la  Letra “Redondilla y Dictado” traen a la memoria el esfuerzo y valor

de los  Sesenta, época crucial para  España, lo cual no hace más que confirmar una máxima universal: la mejor inversión del ser humano es su formación.

Quienes pertenecimos a los Planes de Estudio de aquellos años, por ejemplo 1953, y nos formamos en los Institutos Públicos de aquella España guardamos en el cuerpo y en la mente una forma de aprender que hoy parece de siglos atrás, pero que forjó nuestra disciplina.

La infancia de los palotes y la caligrafía (De los 6 a los 8 años)

Antes de entrar en las grandes materias, el colegio era un ejercicio de paciencia y psicomotricidad fina. Con apenas seis años, nuestras pequeñas manos se enfrentaban a cuadernos en blanco para rellenar páginas enteras de «palotes».

El objetivo era noble y estricto: dominar la letra redondilla. Aquella caligrafía erguida, circular y limpia no admitía errores, pero los materiales de la época convertían cada página en un campo de minas. No usábamos bolígrafos modernos, sino el palillero, cuya tinta preparábamos nosotros mismos disolviendo unas duras pastillas en agua.

Las plumillas eran a menudo de pésima calidad; bastaba un exceso de presión para que las puntas se abrieran en el primer uso, soltando un borrón inoportuno sobre el papel blanco inmaculado. Para colmo, el remedio solía ser peor que la enfermedad: aquel papel secante algo grueso, diseñado supuestamente para salvar la página, muchas veces terminaba arrastrando la tinta fresca y emborronando por completo el trabajo de toda una tarde. Mantener el cuaderno limpio bajo esas condiciones era la primera gran lección de templanza y disciplina.

La forja del estudiante: Lectura masiva y dictados.

El día a día escolar se sostenía sobre dos pilares innegociables: dosis masivas de lecturas diarias de EL QUIJOTE y una lluvia constante de dictados a través del Miranda Podadera, María Moliner y tantos otros. Leíamos en voz alta, respetando las pausas de los puntos y las comas, perdiéndole el miedo a la palabra impresa.

Los dictados eran el examen diario del aula. El entonces denominado Maestro, modulaba su voz ronca moldeada por el tabaco y nosotros, en silencio sepulcral, poníamos a prueba nuestra memoria visual y las reglas ortográficas que llevábamos grabadas a fuego. No había espacio para la distracción; perder el hilo del dictado significaba dejar un hueco insalvable en la libreta.

Los años 75 a 80: El viraje y la brecha del provecho.

La perspectiva del tiempo nos permitió ver el cambio en dicho periodo a través de la educación de nuestros hijos primero y nietos a continuación, muchos de ellos en colegios privados que ensayaban las nuevas corrientes pedagógicas empezando a intuir un viraje. Se aplicaban sistemas distintos, experimentales, donde el eje del esfuerzo parecía a la vez desplazarse y reducirse. Con cierta preocupación, empezamos a notar que en sus comportamientos ya no se observaba aquella disciplina de estudio ni el mismo aprovechamiento del tiempo que a nuestra generación le había sido exigida. Los métodos más laxos prometían modernidad, pero a menudo sacrificaban el rigor y el hábito del esfuerzo diario que a nuestra generación le dio una base inquebrantable

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