
El accidente de tren cerca de Córdoba arrancó más de cuarenta vidas al mundo en un ínfimo instante. No eran números, cada una era una historia. Cada una era presencia. Eran personas que salieron de casa con planes, rutinas, llamadas por hacer, conversaciones aplazadas y sueños que quedaron suspendidos para siempre. Y nosotros, que asistimos desde lejos, sentimos ese golpe que no es nuestro, pero que también nos hiere. Porque hay algo en la muerte inesperada que nos obliga a detener el paso. La muerte como que interrumpe nuestro tiempo desmonta la ilusión de invulnerabilidad y nos recuerda que nada está garantizado, que todo puede cambiar instantáneamente, sin aviso. No basta decretar lutos nacionales o multiplicar declaraciones oficiales. Hay que ir más al fondo. Tener el valor de preguntarse a sí mismo: ¿Qué eco deja en mí la muerte de la persona desconocida? ¿Qué vida nace en lo más íntimo de mí cuando la muerte del otro atraviesa mi propia realidad?
Hay un momento, siempre silencioso, que la muerte quiebra cuando toca en lo íntimo de cada persona. Un momento en que comprendemos que era pronto para todos, no por una cuestión de edades. Es, en realidad, una cuestión de presencia. Presencia insustituible, porque es del corazón. El dolor que ahora viven tantas familias, aquellas que perdieron a un ser querido en este accidente y tantas otras que sufren lejos de las noticias, es un dolor inconmensurable que, en nuestra limitación humana, solo nos queda acoger. Cada ausencia es un territorio íntimo donde el corazón parece colapsar, pero que, paradójicamente, se abre a un espacio nuevo – la muerte no es un estado definitivo. Es el lugar donde lo intangible se hace tangible. No es la tangibilidad de las cosas del mundo, que buscamos con ansiedad en lo cotidiano. Es algo muy personal, único, especial, porque nos sumergimos en el ser entero. El tiempo del luto es precisamente un tiempo de reposo en el que la vida, herida, reaprende a respirar. Un tiempo de tinieblas para que la vida vuelva a ver la luz. Vivir el luto con tiempo es, por sí, un período de inmenso aprendizaje y, por esa razón, también podrá ser un tiempo bello a pesar de toda la tristeza empeñada en pintar todo de un gris muy oscuro.
La muerte, cuando llega así, abrupta, injusta, desmedida, nos obliga a mirar a quienes nos son próximos. ¿Cómo los tratamos? ¿Cómo los escuchamos? ¿Cómo amamos? Si la muerte tiene la fuerza de conmovernos, la vida tiene la fuerza para hacernos vida vivificante. Y esa fecundidad comienza en la presencia, en ese arte de cuidarnos unos a otros sin reservas ni aplazamientos. Queríamos a todos bien. Esta es la belleza de la humanidad.