Si me matan, sacaré los brazos de la tumba y seré más fuerte. Por María Díaz

«Si me matan, sacaré los brazos de la tumba y seré más fuerte». Estas fueron las palabras que Minerva Mirabal pronunciaba cuando las amenazas de muerte comenzaban a ser más frecuentes.

Un día como hoy, hace más de seis décadas, la historia se escribía al acabar con la vida de tres mujeres. Minerva, Patria y María Teresa fueron brutalmente asesinadas por alzar la voz. Hoy es 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Hoy no es un día para celebrar.

Hoy no es un día para celebrar porque, tristemente, los actos de violencia machista son sucesos recurrentes en las noticias. Esta repetición constante nos ha llevado a desensibilizarnos ante la realidad que hay detrás de cada número: lo que son, en realidad, historias humanas, se ven reducidas a frías cifras y titulares. Pero cada número, cada crimen, representa mucho más que una simple cifra. Es un rostro, una historia singular, y una voz silenciada.

Detrás de cada historia está la humanidad completa de una mujer: sus sueños, sus miedos, sus luchas, sus logros, su dolor. Son madres, son hijas, son amigas, son abuelas, son profesoras, pero también no son nada de eso. Son mujeres. Sean lo que sean, son personas, como tú y como yo. Y simplemente por eso no merecen vivir acorraladas por el machismo.

Hoy no es un día para celebrar. Hoy es un día para reflexionar, para denunciar y para recordar que la violencia contra las mujeres existe, que no es difícil de comprender si abrimos los ojos. Y es que, como bien agudamente expresó Simone de Beauvoir, “no se nace mujer, se llega a serlo”. Desde que una mujer nace, se teje a su alrededor un complejo entramado de estereotipos y se asume la idea de que una niña puede crecer con la sombra de la violencia rondándola.

Ante esto, la indiferencia no es una opción. No es natural que las mujeres vivamos con el temor constante de la violencia. No podemos permitir que la violencia machista se arraigue tan profundamente en nuestro subconsciente que se convierta en algo esperado. Tenemos la obligación, como sociedad, de desafiar la idea de que esto es algo inmutable, de educar y de trabajar para construir un mundo en el que ninguna mujer, desde su nacimiento, tenga que vivir con el miedo de ser una víctima.

Hoy no es un día para celebrar. Los crímenes machistas son la expresión extrema de la desigualdad de género, y en el análisis de estos fenómenos tan atroces se revela una dolorosa verdad: estos actos no son manifestaciones aisladas o impulsivas, sino más bien, sintomáticos de un problema estructural, una arraigada perspectiva sobre las relaciones con las mujeres, una manifestación de un poder que hace que vivir, para muchas, sea insoportable.

España es un país que se jacta de liderar en materia de igualad. Permitidme hablar en nombre de muchas cuando digo que estamos desconcertadas al escuchar estos datos. La presunta vanguardia en materia de igualdad debería verse reflejada en nuestras vidas, pero, sin embargo, la realidad es mucho más cruda.

Esta desconexión entre la retórica legal y la realidad que experimentamos las mujeres, marcada por el miedo, nos hace recordar que la igualdad no se alcanza con la mera promulgación de leyes. La construcción de una sociedad equitativa requiere, en esencia, instituciones profundamente comprometidas, que abracen y defiendan la agenda política del feminismo y que actúen como agentes activos del cambio. Comienza por una transformación profunda de la comprensión sociocultural de las relaciones entre sexos, un compromiso colectivo para cuestionar, enfrentar y cambiar las estructuras que perpetúan la violencia contra las mujeres y porque la igualdad sea un principio en cada una de las decisiones que se toman.

En el fondo, las estadísticas, como he dicho, aunque importantes, no contemplan las realidades. La eficacia de las instituciones debe medirse, además de en términos numéricos, en la percepción de seguridad y de justicia experimentada por todas las mujeres. Un indicador esencial de la salud democrática de cualquier sociedad reside en su capacidad para salvaguardar a todos sus ciudadanos, y por eso, la tasa de violencia contra las mujeres no solo refleja la prevalencia de actos criminales, sino que también revela el bajo índice de efectividad de las estructuras democráticas.

Y para finalizar, me gustaría dirigirme a todos aquellos que lo niegan o que lo banalizan. Permítanme compartir un pensamiento rotundo: las señales alarmantes existen, y están presentes. Solo miren a su alrededor. La realidad se está manifestando de manera clara y urgente, y nadie está exento de que le toque de cerca.

Hoy no es un día para celebrar. Cada niña merece crecer en un entorno donde la seguridad y el respeto sean la norma, no la excepción.

Comparte éste artículo
1 comentario