Bailando con lobos, ciervos y chipirones. Por Carlos Brea

Crónica gastrono-viajera para 21NOTICIAS, de Carlos Brea.

El hombre primitivo pintó en las cavernas ciervos. También pintó bisontes, Uros, dientes de sable y lobos.

En los meses de septiembre y octubre ocurre un maravilloso espectáculo, muy cerca de nosotros, más cerca de lo que nos creemos, ocurre la berrea del ciervo en nuestros bosques del litoral atlántico, de los mejores bosques que se conservan de toda Europa, tal vez el más auténtico conservado.
Provistos de un buen equipamiento de botas y ropa adecuada para ir al bosque profundo, iluminándonos con potentes linternas, nos dirigimos hacia la zona en donde los ciervos por la noche berrean buscando en su harén la procreación y por consiguiente la perpetuación de su especie. Desde la Prehistoria, esto es, al final del verano y principios del otoño, cuando la hoja comienza a caer.
El bosque ante mis pies se tiñe de mil colores, es la paleta de color de la Naturaleza, la más grande que existe en el Universo. Recorreremos unos diez kilómetros de marcha en silencio por zonas de bosque profundo, caminos tortuosos, corredoiras y rueiros.

Acompáñanos, querido y docto lector.
La diferencia entre la corredoira y el rueiro es que la corredoira es para los carros y el rueiro es para caminar las personas por entre el bosque más denso que nos podamos imaginar. No todo el mundo vale para estas caminatas porque en la oscuridad de la noche, con los ruidos del bosque, muchas personas probablemente tengan miedo a hacer esta aventura nocturna que nosotros hemos hecho con la conciencia de saber que vamos a encontrarnos con una de las aventuras de la Naturaleza, más antiguas, que corren paralelas al ser humano desde la noche de los tiempos.

Aquí donde el dios celta Cernunnos -la deidad del ciervo- campó a sus anchas, hoy siguen existiendo grandes cérvidos, medianos venados, jabalíes, pequeños corzos y otro tipo de ungulados que corren y disfrutan de esta maravilla de bosque Atlántico. A éstos los acompañan los sempiternos lobos, el canis lupus signatus.
Voy fotografiando por los rueiros las huellas que dejan marcadas en el suelo montaño todos los animales que pueblan esta maravilla de la Naturaleza, jabalíes, corzos, gamos, venados, ciervos, zorros, y lobos.
Este parque natural que visitamos durante el ocaso solar y el amanecer tiene una superficie protegida de 9126,65 ha. Admirar bien las fotos que tomé.
Las fragas, por su clima húmedo y sombrío, son el entorno ideal para los anfibios. En estas que tengo el privilegio de disfrutar, en un ambiente purísimo, oxigenado, verde y natural, viven trece de las quince especies de la zona litoral Atlántica. La salamandra común y la bellísima salamandra gallaica son muy comunes en las masas de los bosques caducifolios que son sus biotopos naturales. Otras especies también están presentes, como el sapo común, la rana común que viven en los arroyos afluentes de rios.
Entre las aves destacan las que se han adaptado a cazar en el bosque, como los azores y el búho. Hay murciélagos. También las que viven en espacios más abiertos, como el fabuloso y veloz halcón peregrino, o el milano común y real. Entre los pequeños insectívoros podemos resaltar el trepador azul y el pito real o pito verde. En las orillas de las vías fluviales del parque destacan el mirlo acuático y el martín pescador.
Estas noches todos están alborotados por la berrea del venado. Entre los mamíferos destacan la nutria, la garduña y la jineta. Abundan también el corzo, el zorro, el ciervo, jabalí y el tejón. También en las zonas más elevadas y apartadas de los núcleos de población hay poblaciones del rey de la pirámide depredadora de este lugar: el lobo.
Vamos caminando los 10 km que nos hemos propuesto, ora subida ora bajada. Vamos oyendo mucha animalería.
El recorrido es de dificultad media.

Ya vamos sudando. La noche es perfecta. Paramos un rato para ver el ocaso del sol al fondo en el Finisterrae desde esta gran altura montañesa. Una vez vista esa belleza final solar, veremos la grandiosa Naturaleza, reanudamos la marcha y comenzamos a ver como emerge al fondo la luna de la sangre la Luna Roja una luna llena que hace aullar los lobos y berrear los venados. Hay mil ruidos en nuestro entorno. Probablemente muchos de los lectores que me estáis leyendo no os atreváis a caminar solos por estos senderos del bosque profundo sabiendo la cantidad de animales que me están rodeando en este momento.
Pero nuestra meta es la berrea del ciervo, la berrea del venado y allá voy decidido hacia donde están la manada del gran ciervo y su harén.
En lo alto de una loma veo una antena grande en donde está el centro de observación de los fuegos e incendios forestales de alrededor, los fuegos que todos los años se desatan intencionados en estas fragas y allí permanece un individuo vigilando, pero espantando a todos los ciervos, porque tiene la música en su garita a un volumen de discoteca, cosa que extraña a propios y a foráneos el porqué uno que vigila la Naturaleza hace una perturbación tan grande por su cuenta y riesgo en esta zona privilegiada de hábitat natural de grandes y pequeños animales.
Pasando la zona de esta torreta de vigilancia llegamos a donde está el ciervo con su harén berreando y atrayendo a las cierva. Son una especie de bramidos muy parecidos al mugido de las vacas pero con una connotación especial, y esa es la potencia de voz que tiene el gran venado.
Permanecemos en absoluto silencio oyendo a uno y otro lado de la loma los berreos del ciervo.
En la oscuridad de la noche no vemos al ciervo que berrea, pero intuimos su presencia; claro está que esto no es llevar al animal a un espectáculo y a una plataforma, a un escenario, como cuanto cantaba Elvis Presley, porque el animal está enmascarado con el terreno en la espesura del bosque, al que nosotros no vemos, ya que esto no es una actuación teatral, ni musical, esto es la vida natural, valga la redundancia, de la Naturaleza en su máximo esplendor.
Conseguida la meta, que era llegar hasta donde el ciervo campa sus anchas y obtenido el premio de oírlo berrea, vamos retirándonos a nuestros cuarteles de invierno en medio de la noche espesa, con la luna clara, potente, amplia, una «luna de sangre», bella, bellísima que nos va iluminando por el camino que recorremos de retorno con la ilusión ya complacida y culminado satisfactoriamente el objetivo, de madrugada.
Con poco tiempo para el reposo, el amanecer nos despierta y nos dice que tenemos que volver a la aventura, a la vida normal.
Este amanecer viene adornado por otro viaje en una niebla espesa que proviene del mar y que va subiendo poco a poco por las laderas de la montaña hasta la zona de los ciervos. Por una larga y tortuosa carretera llegamos a nuestro siguiente destino, que es gastronómico, llegamos a la Feria de las habas, de la Fabada, en un pueblo circundado por castros de nuestros antepasados, de mámoas de enterramientos colectivos, petroglifos y dólmenes construidos con grandes piedras de muchas toneladas que simbolizaban los lugares sagrados de nuestros antepasados.
Damos buena cuenta de la exquisita fabada, que entra como un manjar a estas horas de la mañana y nos cobran por cada ración unos euros que bien vale la pena pagarlos.
Al rebufo de esta feria gastronómica galaica se montan unos puestos de venta de ropa de imitación que llevan los marroquíes, también otros puestos de venta de cosas chinas, que llevan los senegaleses, y así entre pitos y flautas hay también unos puestos de productos típicos gallegos como son jamones ahumados, pancetas, habas, patatas exquisitas, alubias, higos, manzanas, calabazas, quesos, chorizos, morcillas y todo tipo de productos zonales que vienen a exponer los pueblerinos de los alrededores a esta feria que se celebra el primero y el tercer domingo de cada mes.
No puede faltar en una feria de este tipo, y en este entorno, el típico puesto de venta de pulpo a la feria, que es uno de los platos típicos de esta región española. Mayormente se comercializa aquí el pulpo marroquí, porque el pulpo gallego es muy escaso y casi está extinguido por la gran proliferación de cazadores, pescadores, tramperos, furtivos que pululan por el litoral de esta zona bellísima.
La pulpeira se llena de gente que quiere consumir este manjar y una persona controla el acceso a la gran carpa en donde están los cocederos y a donde los va distribuyendo según se van librando las mesas con otros nuevos comensales. Tanto la jefa como las camareras y los cocineros que cuecen el pulpo son de aspecto puramente Celta, rubicundos, con esas facciones propias de aquí, que arropan y combinan con sus cabellos dorados y tez sonrosada típica de la exposición al sol de estas pieles tan claras del Norte. Acompañamos al pulpo con una deliciosa botella de Ribeiro tinto.
Dimos otro rodeo por el mercado, recogimos las viandas que habíamos comprado y nos las llevamos, para ir ahora a otro lugar de la costa en donde tienen como especialidad gastronómica el caldo gallego y el chipirón, aparte de otros manjares.

Allí dimos buena cuenta de un sabrosísimo caldo gallego, unas bandejas enormes de chipirones de la ría fritos, también tomamos ternera gallega en guiso, y después un brazo de gitano que no se lo saltaba otro de la raza calé, y con café, puro (yo no) y digo más, aguardiente, vinos y refrescos, despedimos en medio de un baile folclórico típico zonal estos días de maravillosos encuentros con la Naturaleza y la gastronomía. El tiempo es oro, no lo desperdicies, porque lo que te parece más nimio a ti, ahora, para uno que tiene los días contados, sería algo grandioso y digno de vivir, como estas crónicas sencillas, simples, humanas y naturales. La vida es corta.
«De parvis grandis acervus erit» («De las cosas pequeñas salen las grandes»)

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