Lo llaman vocación. Lo llaman ministerio. Y lo es. Por Miguel Abreu

El suicidio. Un tema que va más allá de las estadísticas. Más allá de lo obvio. Toca la carne, pero obliga a ir más profundo. A tocar la verdad de la persona humana. A sumergirse en el amor del Padre celestial, para que Él nos ayude a comprender lo incomprensible. Antes de todo, el sacerdote es un hombre. Una persona, con fragilidades e impotencias. Un hombre que un día sintió una llamada más grande que él, y que lo dejó todo, todo lo que creía que era suyo, para seguir una voz interior que lo interpelaba en silencio. Por eso, es fundamental reconocer la importancia de los Seminarios (menor y mayor) como casas de formación y de familia(s). La vida solitaria del sacerdote no comienza en la ordenación. Comienza, muchas veces, en la falta de vínculos reales durante la formación. Esos años en el seminario deben ser, obligatoriamente, tiempos de fortalecimiento de lazos, de construcción de familia, de desarrollo de un amor fraterno entre quienes, probablemente, llegarán a ser ordenados. También quienes no lo sean, y sigan otros caminos, se llevarán de allí fundamentos sólidos. El futuro sacerdote necesita aprender a amar. A confiar. A sentirse amado. Si la vida del sacerdote no está anclada en relaciones reales, se hunde en el activismo o en la soledad. Y hay que decirlo: los tiempos de soledad forman parte de la vida, sobre todo de la vida de quien tiene que tomar decisiones.

Pero hablar de la soledad de los sacerdotes es hablar de algo más hondo. No es una soledad que se resuelva con el matrimonio. Es una soledad que necesita ser redimida entre iguales. Es necesario que la vida parroquial se viva con las puertas abiertas a los hermanos en el ministerio. Cargar en solitario con el peso de una comunidad, con tantos y tantos momentos de escucha silenciosa de dramas humanos, de pecados oídos y acogidos con misericordia… es el servicio de un hombre santo. A eso se suma la gestión de asuntos para los que no están preparados, y para los que no fueron ordenados, junto con tantas otras tareas que, con toda probabilidad, no fueron las razones que hicieron brotar su deseo de entregar la vida a Cristo. Poco a poco, el alma se va quedando sin aliento. Parece ahogarse con decisiones que van más allá de la teología y del amor fraterno. También por eso los sacerdotes son santos. Porque, a pesar de todo, permanecen. Son, sin duda, hombres que también quieren tocar el manto de Cristo y decir: «Con solo tocar su manto, quedaré curada.» (Mt 9, 21)

Ese es el camino. Pero para recorrerlo, el sacerdote necesita tiempo. Mucho tiempo para rezar la vida. La mía, la tuya, la nuestra. Es en la profundidad de la oración rezada sin prisa donde el sacerdote se encuentra consigo mismo. Es ahí, muy cerca del corazón de Jesucristo, donde llega a comprender el misterio del ministerio al que fue llamado. Y después de todo ese tiempo bien masticado, bien asimilado, llega el momento de saborearlo con los suyos: con la comunidad y con sus hermanos del presbiterio. Pero este camino de salvación y santidad que el sacerdote está llamado a recorrer, solo es posible si lo hace con la comunidad y con la ayuda de sus hermanos en el presbiterado. Es el camino que santifica, como a cualquier bautizado. Pero para ello, el bautizado no debe ni puede ser ocasión de tropiezo. Debe ser ayuda. Ayudar a cada sacerdote a vivir su munus, y que cada sacerdote cuide de sus hermanos, es participar en la santificación y salvación de un alma. Solo en la vivencia del bautismo podemos encontrarnos todos. Es ahí, en ese encuentro que genera comunión, donde nace el amor fraterno, puro e inmaculado. Y es ahí, en lo más íntimo del alma, donde el sacerdote puede escuchar: «Ten confianza, hijo. Tu fe te ha salvado.» (Mt 9, 22) La vida es, en sí misma, un acto profundo de amor. Un don constante que se respira en cada gesto de quien acoge y se deja cuidar.

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